El Sedán Azul (Ann Bridge) - pág.18
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Tendió el brazo como para consolar a la desolada criatura, pero no había sino el vacío, o, mejor dicho, su bolso lleno de tarjetas de visita, y de listas. Obedeciendo a los bruscos deseos que la voz parecía despertar en ella, abandonó su itinerario y ordenó a Shwang que la condujese a Por Hua Shan Hut´ung. Los misteriosos sollozos se terminaron, como si la Voz se excusara lamentando el haberse puesto nerviosa.
Al detenerse el vehículo ante la casa, Mrs. Bowlby salió de nuevo y subió al Muro Tártaro. La maleza aparecía seca, y las abubillas ya no volaban ni cantaban. Llegó al lugar desde donde se divisaba el jardín. Las lilas estaban sin flores. Las grandes macetas habían sido retiradas, y las hojas muertas sembraban el suelo, junto a las acacias. No quedaba incólume más que el pino blanco, sensible a la destrucción general. Mrs. Bowlby sintióse presa de honda melancolía, emocionada ya por los sollozos que había oído en el automóvil. La desolación del paisaje otoñal acabó de entristecerla. La angustia de dolor amenazante se había apoderado de ella; algo que ella había presentido vagamente había terminado en ese jardín.
Cuando estuvo por subir al automóvil, otro impulso dirigió sus pasos. Un deseo incontenible la empujaba a penetrar en el jardín, para ver de cerca todos los detalles. La opresión se hacía más insoportable cada vez; pensó que una visita al jardín la liberaría de su angustia. Abrió el monedero y sacó un billete de cinco dólares. Se lo dio a Shwang, quien miró con asombro a su patrona.
-Da esto al k´at-men-ti y dile que desearía visitar el jardín de esta casa.
Shwang saludó, llamó y discutió; Mrs. Bowlby esperaba, devorada por la impaciencia, que el argumento supremo del billete produjera el efecto deseado, y que el anciano le permitiera entrar.
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