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El Sedán Azul (Ann Bridge) - pág.16

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Su esposo fue destinado como embajador en Bangkok, pero ignoro si ella le acompañó. No le sienta bien el Extremo Oriente.
-¡Oh, la pobre! -murmuró Mrs. Bowlby con toda sinceridad, condolida por la suerte de la mujer de voz dulce y bonito nombre, que se veía separada de su Jacques por causa de su salud. Un amor como el de ellos no pudo haber sido tan desgraciado, ni tampoco basarse en un cuerpo débil, pensó Mrs. Bowlby, quien tampoco se habituaba a los climas extranjeros. Las damas se levantaron y ella, demasiado absorta para llamar la atención a Mr. van Adam, las imitó y abandonó con ellas el comedor.
Poco después, Mrs. Bowlby se trasladó a París, con el propósito de pasar el verano. Pekín con sus 40 grados a la sombra, no convenía a las mujeres delicadas, sobre todo en julio y agosto. Los automóviles no podían circular por las carreteras arenosas; los misioneros y los diplomáticos debían hacer uso de las sillas volantes o de los jumentos como medios de locomoción. Mrs. Bowlby dejó el sedán a Jim, que se trasladaba a París durante largas temporadas, siempre que se lo permitía el servicio. Separada de su automóvil y en un marco completamente distinto, Mr. Bowlby tuvo tiempo de estudiarlo a plena conciencia. No podía desprenderse de él. Mientras se bañaba, en tanto que tomaba el sol echada en la fina arena, al pasearse por las avenidas orilladas de toda suerte de vegetación, se sorprendía absorta en la personalidad sobre la que ella compartía curiosamente su vida secreta. Era extraño, pero no la dominaba el deseo de formular nuevas preguntas sobre el caso. Conociendo ahora el nombre de Madame d´Ardennes, la impresión de escuchar a las puertas la atraía con mayor fuerza de antaño: Si hubo escándalo, ¿cómo no oyó hablar de él en Pekín? ¿Por qué, si son incontables los idilios escandalosos, de los que se habla sin rodeos? Es posible que se equivocara respecto a la actitud de Mr.


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