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El Sedán Azul (Ann Bridge) - pág.5

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De pronto, interrumpida en su ensoñación, una voz a su lado dijo con gran claridad: "Hasta la vista, querido. No caigas, te lo ruego."
Y al ponerse en marcha el automóvil, en seguimiento de la caravana de camellos, oyó un tierno suspiro y estas palabras, articuladas en voz baja y apasionada: "¡Este polo! Es un deporte espantoso . ¡Dios mío, cuánto lo detesto!
"No ha sido el chofer", Mrs. Bowlby se sorprendió diciendo a media voz. Las ventanillas estaban cerradas, y, además, esa voz profunda y enronquecida, de acento bien matizado, no podía confundirse con el francés gutural de Echwang. De una parte, también resultaba un tanto burlesco que el chofer utilizara expresiones semejantes. "Y esta vez no son mis nervios" dijo Mrs. Bowlby reflexionando sobre un hecho tan insólito-. Era la misma voz que dijera: "Es él", apenas hacía unos minutos.
Todo esto no dejaba de ser muy extraño, pero en su turbación, Mrs. Bowlby hubo de admitir que no tenía miedo. Que alguien, poseedor de una bonita voz, le hablara en francés desde el interior de su propio coche, era algo imposible y absurdo, pero de ningún modo espantoso. No obstante su timidez, Mrs. Bowlby se congratulaba de su buen sentido, mientras proseguía con sus visitas, analizaba el extraordinario hecho de la manera más racional posible, que no por eso dejaba de ser menos sorprendente a innegable. Antes de terminar su excursión por la ciudad, se asombró al sentir deseo de oír de nuevo la Voz. Era absurdo, pero así lo hizo. Y su anhelo le fue conseguido. Cuando, una hora más tarde, el coche viraba en la Legation Street, percatóse de que era ya demasiado tarde para ir al campo de polo; el último chikka habría terminado, y los jugadores, en sus automóviles o en sillas volantes alquiladas, despejaban el terreno de juego, donde aún flotaba el polvo bajo el resplandor de las farolas.


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