El Sedán Azul (Ann Bridge) - pág.4
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Bowlby habría jurado que alguien hablaba francés a su lado mientras su automóvil circulaba. Otra vez, al llegar al final de la calle Marco Polo, yendo al club en busca de su marido, una voz pronunció: "Es él" con acento vehemente, o al menos se lo figuró. Las ventanillas estaban cerradas. Y Mrs. Bowlby lo atribuyó a los choferes. Más la coca persistió. En ocasiones entreoyó un dulce suspiro. "Son los nervios", pensó Mrs. Bowlby. Bien a menudo padecía de ellos, y sabía que la estancia en Pekín no resultaba conveniente a su estado de salud. No cesó de repetirse eso de "los nervios" durante dos o tres días, hasta que una tarde mudó de parecer. Se dirigió a la Ta Chiang an Chieh -la gran avenida que cruza el barrio de las legaciones de Este a Oeste. Los tranvías pasan delante de los muros encarnados y las techumbres doradas de la ciudad imperial, las caravanas de camellos transportan el carbón del exterior, según costumbres secular, confundidos entre los "Dodge" y "Daimler" de la nueva China. Era un día de abril, dulce y bello; la pista de ceniza a lo largo del placis del barrio, se veía repleta de jinetes. Se habían iniciado las competiciones de polo, y cuando el vehículo se aproximó a Hatamen Street vio a su derecha a unas figuras blancas y encarnadas envueltas en remolinos de polvo. El auto se detuvo en un lado de la Hatamen; los camellos pasaban en procesión bajo la enorme puerta, y no había más remedio que esperar. Mrs. Bowlby se desperezó en el interior del vehículo, contenta de la parada obligatoria. Sentíase extrañamente emocionada por la hermosura del día, por la singularidad de la escena y por la magia de la primavera pequinesa. Iba pues a ser espectadora en varias competiciones de polo, juego que consideraba peligroso, y por eso no le agradaba que Jim le tuviera tanta afición.
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