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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.24

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Las amplias puertas de la
iglesia se abrieron. Aquellos que, retardados, se quedaron fuera, veían de
lejos, por las tres puertas abiertas, una escena tan pavorosa de decoración a la

que nuestras modernas óperas sólo podrían aproximarse débilmente. Devotos y
pecadores, presurosos por alcanzar la gracia del nuevo santo, encendieron en su
honor millares de velas en aquella amplia iglesia, resplandores interesados que
concedieron un mágico aspecto al monumento. Las negras arcadas, las columnas y
sus capiteles, las capillas profundas y brillantes de oro y plata, las galerías,

las figuras sarracenas recortadas, los más delicados trazos de tan delicada
escultura se dibujaban en aquella luz excesiva, como caprichosas figuras que se
forman en un brasero al rojo. Era un océano de fuego, dominado al fondo de la
iglesia por un coro dorado, donde se levantaba el altar mayor, cuya gloria
habría podido rivalizar con la de un sol naciente. En efecto, el esplendor de
las lámparas de oro, de los candelabros de plata, de los estandartes, de las
borlas, de los santos y de los exvotos, palidecía ante el relicario en que se
encontraba don Juan. El cuerpo del impío resplandecía de pedrería, de flores,
cristales, diamantes, oro y plumas tan blancas como las alas de un serafín, y
sustituía en el altar a un retablo de Cristo. A su alrededor brillaban numerosos

cirios que lanzaban al aire ondas llameantes. El abad de Sanlúcar, adornado con
los hábitos pontificios, con su mitra enriquecida de piedras preciosas, su
roqueta, su báculo de oro, estaba sentado, rey del coro, en un sillón de un lujo

imperial, en medio del clero compuesto por impasibles ancianos de cabellos
plateados, revestidos de albas finas y que le rodeaban semejantes a los santos
confesores que los pintores agrupan alrededor del Eterno. El gran chantre y los
dignatarios del cabildo, adornados con las brillantes insignias de sus vanidades

eclesiásticas, iban y venían en el seno de las nubes formadas por el incienso,


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