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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.21

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-Felipe -le dijo con una voz tan tierna y afectuosa que hizo estremecerse y
llorar de felicidad al joven.
Nunca antes había pronunciado así «Felipe» aquel padre inflexible.
-Escúchame, hijo mío -continuó el moribundo-. Soy un gran pecador. Durante mi
vida, también he pensado en mi muerte. En otro tiempo, fui amigo del gran papa
Julio II. El ilustre pontífice temió que la excesiva exaltación de mis sentidos
me hiciese cometer algún pecado mortal entre el momento de expirar y de recibir
los santos óleos; me regaló un frasco con el agua bendita que mana entre las
rocas, en el desierto. He mantenido el secreto de este despilfarro del tesoro de

la Iglesia, pero estoy autorizado a revelar el misterio a mi hijo, in articulo
mortis. Encontrarás el frasco en el cajón de esa mesa gótica que siempre ha
estado en la cabecera de mi cama... El precioso cristal podrá servirte aún,
querido Felipe. Júrame por tu salvación eterna que ejecutarás puntualmente mis
órdenes.
Felipe miró a su padre. Don Juan conocía demasiado la expresión de los
sentimientos humanos como para no morir en paz bajo el testimonio de aquella
mirada, como su padre había muerto en la desesperanza de su propia mirada.
-Tú merecías otro padre -continuó don Juan-. Me atrevo a confesarte, hijo mío,
que en el momento en que el venerable abad de Sanlúcar me administraba el
viático, pensaba en la incompatibilidad de los dos poderes, el del diablo y el
de Dios.
-¡Oh, padre!
-Y me decía a mí mismo que, cuando Satán haga su paz, tendrá que acordar el
perdón de sus partidarios, para no ser un gran miserable. Esta idea me persigue.

Iré, pues al infierno, hijo mío, si no cumples mi voluntad.
-¡Oh, decídmela pronto, padre!
-Tan pronto como haya cerrado los ojos -continuó don Juan-, unos minutos
después, cogerás mi cuerpo, aún caliente, y lo extenderás sobre una mesa, en
medio de la habitación. Después apagarás la luz. El resplandor de las estrellas


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