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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.20

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y heladas. Desde aquel fatal día se volvió taciturno y duro. Acusaba la
dedicación de su mujer y de su hijo, pretendiendo en ocasiones que sus emotivos
cuidados y delicadezas le eran así prodigados porque había puesto su fortuna en
rentas vitalicias. Elvira y Felipe derramaban entonces lágrimas amargas y
doblaban sus caricias al malicioso viejo, cuya voz cascada se volvía afectuosa
para decirles:
«Queridos míos, querida esposa, ¿me perdonáis, verdad? Os atormento un poco.
¡Ay, gran Dios! ¿cómo te sirves de mí para poner a prueba a estas dos celestes
criaturas? Yo, que debiera ser su alegría, soy su calamidad». De este modo les
encadenó a la cabecera de su cama, haciéndoles olvidar meses enteros de
impaciencia y crueldad por una hora en que les prodigaba los tesoros, siempre
nuevos, de su gracia y de una falsa ternura. Paternal sistema que resultó
infinitamente mejor que el que su padre había utilizado en otro tiempo con él.
Por fin llegó a un grado tal de enfermedad en que, para acostarle, había que
manejarle como una falúa que entra en un canal peligroso. Luego, llegó el día de

la muerte. Aquel brillante y escéptico personaje de quien sólo el entendimiento
sobrevivía a la más espantosa de las destrucciones, se vio entre un médico y un
confesor; los dos seres que le eran más antipáticos. Pero estuvo jovial con
ellos. ¿Acaso no había para él una luz brillante tras el velo del porvenir?
Sobre aquella tela, para unos de plomo, diáfana para él, jugaban como sombras
las arrebatadoras delicias de la juventud.
Era una hermosa tarde cuando don Juan sintió la proximidad de la muerte. El
cielo de España era de una pureza admirable, los naranjos perfumaban el aire,
las estrellas destilaban luces vivas y frescas, parecía que la naturaleza le
daba pruebas ciertas de su resurrección, un hijo piadoso y obediente le
contemplaba con amor y respeto. Hacia las once, quiso quedarse solo con aquel
cándido ser


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