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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.19

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estilo de Tiberio, cansada por el ayuno, blanca por la mortificación y
diariamente tentada como son tentados todos los solitarios. Quizás esperaba el
anciano señor matar a algún monje antes de terminar su primer siglo de vida.
Pero, bien porque el abad fuera tan fuerte como podía serlo el mismo don Juan,
bien porque doña Elvira tuviera más prudencia o virtud de la que España le
otorga a las mujeres, don Juan fue obligado a pasar sus últimos días como un
viejo cura rural, sin escándalos en su casa. A veces, sentía placer si
encontraba a su mujer o a su hijo faltando a sus deberes religiosos, y les
exigía realizar todas las obligaciones impuestas a los fieles por el tribunal de

Roma. En fin, nunca se sentía tan feliz como cuando oía al galante abad de
Sanlúcar; a doña Elvira y a Felipe discutir sobre un caso de conciencia. Sin
embargo, a pesar de los cuidados que don Juan Belvídero prodigaba a su persona,
llegaron los días de decrepitud; con la edad del dolor llegaron los gritos de
impotencia, gritos tanto más desgarradores cuanto más ricos eran los recuerdos
de su ardiente juventud y de su voluptuosa madurez. Aquel hombre, cuyo grado más

alto de burla era inducir a los otros a creer en las leyes y principios de los
que él se mofaba, se dormía por las noches pensando en un quizás. Aquel modelo
de elegancia, aquel duque, vigoroso en las orgías, soberbio en la corte, gentil
para con las mujeres cuyos corazones había retorcido como un campesino retuerce
una vara de mimbre, aquel hombre ingenio, tenía una pituita pertinaz, una
molesta ciática y una gota brutal. Veía cómo sus dientes le abandonaban, al
igual que se van, una a una, las más blancas damas, las más engalanadas, dejando

el salón desierto. Finalmente, sus atrevidas manos temblaron, sus esbeltas
piernas se tambalearon, y una noche, la apoplejía le aprisionó sus manos corvas


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