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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.13

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estuvo a punto de obligarle a detenerse. Pero aquel joven había sido sabiamente
corrompido, desde muy pronto, por las costumbres de una corte disoluta; un
pensamiento digno del duque de Urbino le otorgó el valor que aguijoneaba su viva

curiosidad; pareció como si el diablo le hubiera susurrado estas palabras que
resonaron en su corazón: «¡impregna un ojo!». Tomó un paño y, después de haberlo

empapado con parsimonia en el precioso licor; lo pasó lentamente sobre el
párpado derecho del cadáver. El ojo se abrió.
-¡Ah! ¡Ah! -dijo don Juan apretando el frasco en su mano como se agarra en
sueños la rama de la que colgamos sobre un precipicio.
Veía un ojo lleno de vida, un ojo de niño en una cabeza de muerto, donde la luz
temblaba en un joven fluido, y, protegida por hermosas pestañas negras, brillaba

como ese único resplandor que el viajero percibe en un campo desierto en las
noches de invierno. Aquel ojo resplandeciente parecía querer arrojarse sobre don

Juan, pensaba, acusaba, condenaba, amenazaba, juzgaba, hablaba, gritaba, mordía.

Todas las pasiones humanas se agitaban en él. Eran las más tiernas súplicas: la
cólera de un rey, luego, el amor de una joven pidiendo gracia a sus verdugos; la

mirada que lanza un hombre a los hombres al subir el último escalón del
patíbulo. Tanta vida estallaba en aquel fragmento de vida, que don Juan
retrocedió espantado, paseó por la habitación sin atreverse a mirar aquel ojo,
que veía de nuevo en el suelo, en los tapices. La estancia estaba sembrada de
puntos llenos de fuego, de vida, de inteligencia. Por todas partes brillaban
ojos que ladraban a su alrededor.
-¡Bien podría haber vivido cien años! -exclamó sin querer cuando, llevado ante
su padre por una fuerza diabólica, contemplaba aquella chispa luminosa.
De repente, aquel párpado inteligente se cerró y volvió a abrirse bruscamente,
como el de una mujer que consiente. Si una voz hubiera gritado: «¡Sí! », don


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