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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.11

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ventanas. Don Juan había pasado diez horas reflexionando. El viejo reloj de
pared era más fiel a su servicio que él en el cumplimiento de sus deberes hacia
Bartolomé. Aquel mecanismo estaba hecho de madera, poleas, cuerdas y engranajes,

mientras que don Juan poseía uno particular al hombre, llamado corazón. Para no
arriesgarse a perder el misterioso licor; el escéptico don Juan volvió a
colocarlo en el cajón de la mesita gótica. En tan solemne momento oyó un tumulto

sordo en la galería: eran voces confusas, risas ahogadas, pasos ligeros, el roce

de las sedas, el ruido en fin de un alegre grupo que se recoge. La puerta se
abrió y el príncipe, los amigos de don Juan, las siete cortesanas y las
cantantes aparecieron en el extraño desorden en que se encuentran las bailarinas

sorprendidas por la luz de la mañana, cuando el sol lucha con el fuego
palideciente de las velas. Todos iban a darle al joven heredero el pésame de
costumbre.
-¡Oh, oh!, ¿se habrá tomado el pobre don Juan esta muerte en serio? -dijo el
príncipe al oído de la Brambilla.
-Su padre era un buen hombre -le respondió ella.
Sin embargo, las meditaciones nocturnas de don Juan habían impreso a sus rasgos
una expresión tan extraña que impuso silencio a semejante grupo.
Los hombres permanecieron inmóviles. Las mujeres, que tenían los labios secos
por el vino y las mejillas cárdenas por los besos, se arrodillaron y comenzaron
a rezar. Don Juan no pudo evitar estremecerse viendo cómo el esplendor; las
alegrías, las risas, los cantos, la juventud, la belleza, el poder, todo lo que
es vida, se postraba así ante la muerte. Pero, en aquella adorable Italia la
vida disoluta y la religión se acoplaban por entonces tan bien, que la religión
era un exceso, y los excesos una religión. El príncipe estrechó afectuosamente
la mano de don Juan, y después, todos los rostros adoptaron simultáneamente el
mismo gesto, mitad de tristeza mitad de indiferencia, y aquella fantasmagoría


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