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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.8

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guardaban una singular fijeza. Parecía que Bartolomé buscaba con su mirada
moribunda a un enemigo sentado al pie de su cama para matarlo. Aquella mirada,
fija y fría, era más escalofriante por cuanto que la cabeza permanecía en una
inmovilidad semejante a la de los cráneos situados sobre la mesa de los médicos.

Su cuerpo, dibujado por completo por las sábanas del lecho, permitía ver que los

miembros del anciano guardaban la misma rigidez. Todo estaba muerto menos los
ojos. Los sonidos que salían de su boca tenían también algo de mecánico.
Don Juan sintió una cierta vergüenza al llegar junto al lecho de su padre
moribundo conservando un ramillete de cortesana en el pecho, llevando el perfume

de la fiesta y el olor del vino.
-¡Te divertías! -exclamó el anciano cuando vio a su hijo.
En el mismo momento, la voz fina y ligera de una cantante que hechizaba a los
invitados, reforzada por los acordes de la viola con la que se acompañaba,
dominó el bramido del huracán y resonó en la cámara fúnebre. Don Juan no quiso
oír aquel salvaje asentimiento.
Bartolomé dijo:
-No te quiero aquí, hijo mío.
Aquella frase llena de dulzura lastimó a don Juan, que no perdonó a su padre
semejante puñalada de bondad.
-¡Qué remordimientos, padre! -dijo hipócritamente.
-¡Pobre Juanito! -continuó el moribundo con voz sorda-, ¿tan bueno he sido para
ti que no deseas mi muerte?
-¡Oh! -exclamó don Juan-, ¡si fuera posible devolverte a la vida dándote parte
de la mía! («cosas así pueden decirse siempre, ¡es como si ofreciera el mundo a
mi amante!»).
Apenas concluyó este pensamiento cuando ladró el viejo perro de aguas. Aquella
voz inteligente hizo que don Juan se estremeciera, pues creyó haber sido
comprendido por el perro.
-Ya sabía, hijo mío, que podía contar contigo -exclamó el moribundo-, viviré.
Podrás estar contento. Viviré, pero sin quitarte un sólo día que te pertenezca.
«Delira», se dijo a sí mismo don Juan. Luego añadió en voz alta:


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