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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.7

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humor; y dejándose querer. Reconstruyendo con un solo pensamiento el cuadro de
sus años jóvenes, don Juan se dio cuenta de que le sería difícil echar en falta
la bondad de su padre. Y sintiendo nacer remordimientos en el fondo de su
corazón mientras atravesaba la galería, estuvo próximo a perdonar a Belvídero
por haber vivido tanto tiempo. Le venían sentimientos de piedad filial del mismo

modo que un ladrón se convierte en un hombre honrado por el posible goce de un
millón bien robado. Cruzó pronto las altas y frías salas que constituían los
aposentos de su padre. Tras haber sentido los efectos de una atmósfera húmeda,
respirado el aire denso, el rancio olor que exhalaban viejas tapicerías y
armarios cubiertos de polvo, se encontró en la antigua habitación del anciano,
ante un lecho nauseabundo junto a una chimenea casi apagada. Una lámpara,
situada sobre una mesa de forma gótica, arrojaba sobre el lecho, en intervalos
desiguales, capas de luz más o menos intensas, mostrando de este modo el rostro
del anciano siempre bajo un aspecto diferente. Silbaba el frío a través de las
ventanas mal cerradas; y la nieve, azotando las vidrieras, producía un ruido
sordo. Aquella escena, contrastaba de tal modo con la que don Juan acababa de
abandonar; que no pudo evitar un estremecimiento. Después tuvo frío, cuando al
acercarse al lecho un violento resplandor empujado por un golpe de viento
iluminó la cabeza de su padre: sus rasgos estaban descompuestos, la piel pegada
a los huesos tenía tintes verdosos que la blancura de la almohada sobre la que
reposaba el anciano hacía aún más horribles. Contraída por el dolor; la boca
entreabierta y desprovista de dientes dejaba pasar algunos suspiros cuya lúgubre

energía era sostenida por los aullidos de la tempestad. A pesar de tales signos
de destrucción, brillaba en aquella cabeza un increíble carácter de poder. Un
espíritu superior que combatía a la muerte. Los ojos hundidos por la enfermedad


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