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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.5

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un viejo sirviente de pelo blanco, andar vacilante y de ceño contraído. Entró
con una expresión triste; con una mirada marchitó las coronas, las copas
bermejas, las torres de fruta, el brillo de la fiesta, el púrpura de los rostros

sorprendidos, y los colores de los cojines arrugados por el blanco brazo de las
mujeres; finalmente, puso un crespón de luto a toda aquella locura, diciendo con

voz cavernosa estas sombrías palabras:
-Señor; vuestro padre se está muriendo.
Don Juan se levantó haciendo a sus invitados un gesto que bien podría traducirse

por un: «Lo siento, esto no pasa todos los días».
¿Acaso la muerte de un padre no sorprende a menudo a los jóvenes en medio de los

esplendores de la vida, en el seno de las locas ideas de una orgía? La muerte es

tan repentina en sus caprichos como una cortesana en sus desdenes; pero más
fiel, pues nunca engañó a nadie.
Cuando don Juan cerró la puerta de la sala y enfiló una larga galería tan fría
como oscura, se esforzó por adoptar una actitud teatral pues, al pensar en su
papel de hijo, había arrojado su alegría junto con su servilleta. La noche era
negra. El silencioso sirviente que conducía al joven hacia la cámara mortuoria
alumbraba bastante mal a su amo, de modo que la Muerte, ayudada por el frío, el
silencio, la oscuridad, y quizá por la embriaguez, pudo deslizar algunas
reflexiones en el alma de este hombre disipado; examinó su vida y se quedó
pensativo, como un procesado que se dirige al tribunal.
Bartolomé Belvídero, padre de don Juan, era un anciano nonagenario que había
pasado la mayor parte de su vida dedicado al comercio. Como había atravesado con

frecuencia las talismánicas regiones de Oriente, había adquirido inmensas
riquezas y una sabiduría más valiosa, decía, que el oro y los diamantes, que
ahora ya no le preocupaban lo más mínimo.
-Prefiero un diente a un rubí, y el poder al saber -exclamaba a veces sonriendo.


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