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El elixir de larga vida (Honoré de Balzac) - pág.3

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observación relativa a algunos trabajos, y sobre todo a éste. Cada una de sus
composiciones está basada en ideas más o menos nuevas cuya expresión le parece
útil, puede haber considerado la prioridad de ciertas fórmulas, de ciertos
pensamientos que, más tarde, han pasado al campo literario, y una vez allí quizá

se han vulgarizado. Las fechas de la publicación primitiva de cada obra no
deben, pues, serles indiferentes a aquellos lectores que quieran hacerles
justicia.
La lectura proporciona amigos desconocidos y ¡qué amigo, el lector! tenemos
amigos conocidos que no leen nada nuestro. El autor espera haber pagado su deuda

dedicando esta obra DIIS IGNOTIS(3).

En un suntuoso palacio de Ferrara, agasajaba don Juan Belvídero una noche de
invierno a un príncipe de la casa de Este. En aquella época, una fiesta era un
maravilloso espectáculo de riquezas reales de que únicamente un gran señor podía

disponer. Sentadas en torno a una mesa iluminada con velas perfumadas
conversaban suavemente siete alegres mujeres, en medio de obras de arte cuyos
blancos mármoles destacaban en las paredes de estuco rojo y contrastaban con las

ricas alfombras de Turquía. Vestidas de satén, resplandecientes de oro y
cargadas de piedras preciosas que brillaban menos que sus ojos, todas contaban
pasiones enérgicas, pero tan diferentes unas de otras como lo eran sus bellezas.

No diferían ni en las palabras, ni en las ideas; el aire, una mirada, algún
gesto, el tono, servían a sus palabras como comentarios libertinos, lascivos,
melancólicos o burlones.
Una parecía decir:
-Mi belleza sabe reanimar el corazón helado de un hombre viejo.
Otra:
-Adoro estar recostada sobre los almohadones pensando con embriaguez en aquellos

que me adoran.
Una tercera, debutante en aquel tipo de fiestas, parecía ruborizarse:
-En el fondo de mi corazón siento remordimientos -decía-. Soy católica, y temo
al infierno. Pero os amo tanto ¡tanto! que podría sacrificaros la eternidad.
La cuarta, apurando una copa de vino de Quío, exclamaba:


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