La nueva Atlantida (Francis Bacon de Verulamio) - pág.27
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Levantados los manteles, el Tirsán se retira de nuevo; y habiéndole hecho a un lugar donde reza unas oraciones privadas, vuelve por tercera vez para dar la bendición a todos sus descendientes que lo rodean como al principio. Después los va llamando uno a uno, por su nombre y según le parece, invirtiendo a veces el orden de edad. La persona llamada (la mesa se ha quitado de en medio) se arrodilla delante del sillón, el padre apoya su mano sobre la cabeza de él o de ella, y le da su bendición con estas palabras: "Hijo de Bensalem (o hija de Bensalem), tu padre te dice que el hombre por el que tú vives y respiras habla la palabra de la salvación; la bendición del Padre Eterno, del Príncipe de la Paz, del Espíritu Santo, descienda sobre ti, y haga que sean muchos y felices los días de tu peregrinación en la Tierra." Tal es lo que les dice a cada uno de ellos; y acabado esto, si algunos de sus hijos tienen especial mérito y virtud (no suelen ser más de dos) los llama otra vez, y poniendo su mano sobre sus espaldas, mientras ellos permanecen de pie, les dice: "Hijos míos, dad gracias a Dios porque habéis nacido, y perseverad en el bien hasta el fin." Y entrega, además, a ambos una joya que representa una espiga de trigo, que en adelante ellos llevan en la parte delantera de su turbante o sombrero. Acabada esta ceremonia, durante el resto del día hay música, baile y otras diversiones típicas. Tal es el orden completo de la fiesta.
Transcurridos unos seis o siete días, entablé estrecha amistad con un comerciante de la ciudad, llamado Joabin. Era judío y circunciso, pues existen allí algunas familias judías a quienes dejan conservar su religión propia.
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