La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades (Anónimo) - pág.4
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mi madre vino a darme un negrito muy bonito, el cual yo brincaba
y ayudaba a calentar.
Y acuérdome que, estando el negro de mi padre trebejando
con el mozuelo, como el niño via a mi madre y a mí blancos, y a
el no, huía de él con miedo para mi madre, y señalando con el
dedo decía: "!Madre, coco!".
Respondio él riendo: "!Hideputa!"
Yo, aunque bien muchacho, noté aquella palabra de mi
hermanico, y dije entre mí: "!Cuantos debe de haber en el mundo
que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!"
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que
así se llamaba, llego a oídos del mayordomo, y hecha pesquisa,
hallóse que la mitad por medio de la cebada, que para las
bestias le daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas,
mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos hacía perdidas,
y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo
esto acudía a mi madre para criar a mi hermanico. No nos
maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta de los
pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro
tanto, cuando a un pobre esclavo el amor le animaba a esto.
Y probósele cuanto digo y aún más. Porque a mí con amenazas
me preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía
con miedo, hasta ciertas herraduras que pormandado de mi madre a
un herrero vendí.
Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi
madre pusieron pena por justicia, sobre el acostumbrado
centenario, que en casa del sobredicho comendador ni entrase, ni
al lastimado Zaide en la suya acogiese.
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