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La República (Platón) - pág.246

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-Eso es enteramente lo que yo también creo -dijo.
-Pero nos hemos dejado arrastrar demasiado lejos; lo que queríamos reconocer era esto: que hay en todo hombre, aun en aquellos de nosotros que parecen mesurados, una especie de deseo temible, salvaje y contra ley, y que ello se hace evidente en los sueños. Mira, pues, si te parece que vale algo lo que digo y si estás conforme.
-Lo estoy.

II. -Recuerda, pues, cómo dijimos [L778]que era el hombre democrático: había nacido y se había criado desde su primera edad bajo un padre ahorrativo, que daba valor solamente a la pasión del dinero y despreciaba los deseos superfluos que tienen por objeto la diversión o el fausto. ¿No es así?
-Sí.
-Y entrando después en la compañía de hombres más ambiciosos y repletos de los deseos que últimamente mencionábamos, se lanza, movido por el aborrecimiento de la parsimonia de su padre, a todo desafuero y al género de vida de aquéllos; pero, con mejor índole que los que lo corrompen y atraído de una parte y otra, queda en mitad de los dos modos de ser y, gustando moderadamente, a su parecer, de ambos lleva una vida que no es ni villana ni infame, convertido de oligárquico en democrático[L779].
-Esa era -dijo- y sigue siendo nuestra opinión sobre tal sujeto.
-Imagínate ahora -dije- que, llegado a su vez este hombre a la senectud, hay un hijo suyo joven que ha sido criado en las mismas costumbres de aquél.
-Lo imagino.
-E imagínate que le pasa lo mismo que a su padre y que es arrastrado a un desenfreno sin límites llamado libertad integral por los que le arrastran; imagínate al padre y a los otros deudos que dan ayuda a los deseos moderados mientras los otros ayudan a los deseos contrarios. Pues bien, cuando estos terribles seductores y creadores de tiranos desconfían de dominar al joven de otra manera sino dándose arte a introducir en él algún amor, como jefe de los deseos ociosos y dilapidadores de sus bienes: un zángano grande y con alas[L780]... ¿O piensas que es otra cosa el amor entre estos hombres?
-Ninguna otra cosa -dijo- sino precisamente ésa.
-Así, pues, cuando los otros deseos, zumbando en derredor de él y repletos de perfumes, de aromas, de coronas y de bebidas y de los otros placeres que andan sueltos en tales compañías, hacen crecer y alimentan al zángano hasta no poder más e insertan en él el aguijón de la pasión, entonces él, jefe del alma, toma por escolta a la locura, se vuelve furioso y, si encuentra en el hombre algunos deseos y opiniones de los tenidos por buenos y todavía pudorosos, los mata y los echa de él hasta que lo deja limpio de sensatez y lo llena todo de aquella locura advenediza.


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