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La República (Platón) - pág.239

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-Así, pues, según aquello de Esquilo, ¿«diremos cuanto nos vino ahora a la boca[L738]»? -preguntó.
-Sin dudarlo -contesté-, y lo que digo es esto: que, por lo que se refiere a las bestias que sirven a los hombres, nadie que no lo haya visto podría creer cuánto más libres son allí que en ninguna otra parte, pues, conforme al refrán[L739], las perras se hacen sencillamente como sus dueñas, y lo mismo los caballos y asnos, que llegan allí a acostumbrarse a andar con toda libertad y empaque, empellando por los caminos a quienquiera que encuentren si no se les cede el paso[L740]; y todo lo demás resulta igualmente henchido de libertad.
-Me estás contando -dijo- mi propio sueño[L741], pues a mí me ha ocurrido eso más de una vez cuando salgo para el campo.
-¿Y conoces -dije- el resultado de todas estas cosas juntas, por causa de las cuales se hace tan delicada el alma de los ciudadanos que, cuando alguien trata de imponerles la más mínima sujeción, se enojan y no la resisten? Y ya sabes, creo yo, que terminan no preocupándose siquiera de las leyes, sean escritas o no, para no tener en modo alguno ningún señor.
-Muy bien que lo sé -contestó.

XV -He aquí, ¡oh, amigo! -dije-, el principio, tan bello y hechicero, de donde, a mi parecer, nace la tiranía.
-Hechicero, en efecto -replicó-; pero ¿qué es lo que viene después?
-Que la misma enfermedad -dije- que, produciéndose en la oligarquía, acabó con ella, esa misma se hace aquí aún más grave y poderosa, a causa de la licencia que hay, y esclaviza a la democracia. Pues en realidad todo exceso en el obrar suele dar un gran cambio en su contrario lo mismo en las estaciones que en las plantas que en los cuerpos y no menos en los regímenes políticos.
-Es natural -dijo.
-La demasiada libertad parece, pues, que no termina en otra cosa sino en un exceso de esclavitud lo mismo para el particular que para la ciudad.
-Así parece, ciertamente.
-Y por lo tanto -proseguí- es natural que la tiranía no pueda establecerse sino arrancando de la democracia; o sea que, a mi parecer, de la extrema libertad sale la mayor y más ruda esclavitud[L742]
-Eso es lo natural, en efecto -replicó.
-Pero no era esto lo que preguntabas, según creo -dije-, sino cuál era esa enfermedad que nace en la oligarquía y que es la misma que esclaviza a la democracia.
-Dices verdad -observó.
-Pues bien -dije yo-, me refería al linaje de hombres holgazanes y pródigos: una parte de ellos más varonil, que es la que guía, y otra más cobarde, que le sigue; y los comparábamos con zánganos, los unos provistos de aguijón, los otros sin él.


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