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La República (Platón) - pág.234

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-A muchos -dijo.
-¿Y su espíritu indulgente y nada escrupuloso, sino al contrario, lleno de desprecio hacia aquello tan importante que decíamos nosotros [L716]cuando fundamos la ciudad, que, a no estar dotado de una naturaleza excepcional, no podría ser jamás hombre de bien el que no hubiese empezado por jugar de niño entre cosas hermosas para seguir aplicándose más tarde a todo lo semejante a ellas, y la indiferencia magnífica con que, pisoteando todos estos principios, no atiende en modo alguno al género de vida de que proceden los que se ocupan de política, antes bien, le basta para honrar a cualquiera con que éste afirme ser amigo del pueblo?
-Muy generosa ciertamente -dijo.
-Estos, pues -dije-, y otros como éstos son los rasgos que presentará la democracia; y será, según se ve, un régimen placentero, anárquico y vario que concederá indistintamente una especie de igualdad tanto a los que son iguales como a los que no lo son.
-Es muy conocido lo que dices -respondió.

XII. -Considera, pues -dije yo-, qué clase de hombre será el tal en su vida privada. ¿O habrá que investigar primero, del mismo modo que hemos hecho con el gobierno, la manera en que se forma?
-Sí -dijo.
-¿Y no será acaso de esta manera? ¿No habrá, creo yo, un hijo de aquel avaro oligárquico que haya sido educado por su padre en las costumbres de éste?
-¿Cómo no?
-Siendo, pues, también éste dominador por la fuerza de aquellos de entre sus apetitos de placer que acarreen dispendio y no ganancia, es decir, de los que son llamados innecesarios...
-Evidente -dijo.
-Pero ¿quieres -dije yo- que, para no andar a tientas, definamos ante todo qué apetitos son necesarios y cuáles no[L717]?
-Sí que quiero -dijo.
-Pues bien, ¿no se llamaría justamente necesarios a aquellos de que no podemos prescindir, y a cuantos al satisfacerlos nos aprovechan? Porque a estas dos clases de objetos es forzoso que aspire nuestra naturaleza. ¿No es así?
-En efecto.
-Con razón, pues, aplicaremos a éstos la calificación de necesarios.
-Con razón.
-¿Y qué? Aquellos de que puede uno librarse si empieza a procurarlo desde joven y además a la persona en que se dan no le hacen ningún bien, sino a veces lo contrario, de todos esos si dijéramos que eran innecesarios, ¿no lo diríamos acaso con razón?
-Con razón ciertamente.
-¿Tomamos, pues, un ejemplo de cómo son unos y otros para tener una idea general de ellos?
-Sí, es preciso.
-¿No es acaso necesario el deseo de comer alimento y companage en la medida indispensable para la salud y el bienestar?
-Así lo creo.
-Ahora bien, el deseo de alimento es necesario, me parece a mí, por dos razones: porque aprovecha y porque es capaz de poner fin a la vida[L718].


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