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La República (Platón) - pág.228

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-No, no es ninguna ventaja.
-¿Y qué? Aquello que hace rato censurábamos, lo de que en una tal ciudad se ocupen las mismas personas de muchas cosas distintas, como la labranza, por ejemplo, y los negocios y la guerra, ¿acaso te parece que eso está bien?
-En modo alguno.
-Pues considera si el siguiente no es el mayor de todos esos males y el que este régimen es el primero en sufrir.
-¿Cuál?
-El de que sea lícito al uno vender todo lo suyo y al otro comprárselo [L699]y el que lo haya vendido pueda vivir en la ciudad sin pertenecer a ninguna de sus clases ni ser negociante ni artesano ni caballero ni hoplita, sino pobre y mendigo por todo título.
-Sí que es el primero -dijo.
-En efecto, en las ciudades regidas oligárquicamente no hay nada que lo impida. Pues en otro caso no serían los unos demasiadamente ricos y los otros completamente pobres.
-Justo.
-Ahora mira lo siguiente: cuando, siendo rico, dilapidaba el tal su fortuna, ¿acaso le resultaba entonces algo más útil a la ciudad con respecto a lo que ahora decidamos? ¿O tal vez, aunque pareciera ser de los gobernantes, no era en realidad ni gobernante ni servidor de la ciudad, sino solamente un derrochador de su hacienda?
-Así es -dijo-. Parecía otra cosa, pero no era más que un derrochador.
-¿Quieres, pues -dije yo-, que digamos de él que, del mismo modo que nace en su celdilla el zángano, azote del enjambre, igualmente nace ése en su casa como otro zángano, azote de la ciudad[L700]?
-Ciertamente, ¡oh, Sócrates! -dijo.
-¿Y no será, Adimanto, que, mientras la divinidad ha hecho nacer sin aguijón a todos los zánganos alados, en cambio entre esos pedestres los hay que no lo tienen, pero hay otros que están dotados de aguijones terribles? ¿Y que de los carentes de aguijón salen quienes a la vejez terminan siendo mendigos, y de los provistos de él, todos aquellos a los que se llama malhechores?
-Muy cierto -dijo.
-Es evidente, pues -dije yo-, que, en una ciudad donde veas mendigos, en ese mismo lugar estarán sin duda ocultos otros ladrones, cortabolsas, saqueadores de templos y artífices de todos los males semejantes[L701].
-Evidente -dijo.
-¿Y qué? ¿No ves mendigos en las ciudades regidas oligárquicamente?
-Casi todos lo son -dijo- excepto los gobernantes[L702].
-¿No pensaremos, pues -dije yo-, que también hay en ellas muchos malhechores dotados de aguijones a quienes el gobierno se preocupa de contener por la fuerza?
-Así lo pensamos -dijo.
-¿Y no diremos que es por ignorancia y mala educación y mala organización política por lo que se da allí esa clase de gentes?
-Lo diremos.
-Tal será, pues, la ciudad regida oligárquicamente y tantos, o quizá más todavía, los vicios que contiene.


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