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La República (Platón) - pág.214

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-No, en efecto -dijo.
-¿Les prescribirás, pues, que se apliquen particularmente a aquella enseñanza que les haga capaces de preguntar y responder con la máxima competencia posible?
-Se lo prescribiré -dijo-, pero de acuerdo contigo.
-¿Y no crees -dije yo- que tenemos la dialéctica en lo más alto, como una especie de remate de las demás enseñanzas, y que no hay ninguna otra disciplina que pueda ser justamente colocada por encima de ella, y que ha terminado ya lo referente a las enseñanzas?
-Sí que lo creo -dijo.

XV -Pues bien -dije yo-, ahora te falta designara quiénes hemos de dar estas enseñanzas y de qué manera.
-Evidente -dijo.
-¿Te acuerdas de la primera elección de gobernantes y de cuáles eran los que elegimos[L639]?
-¿Cómo no? -dijo.
-Entonces -dije- considera que son aquéllas las naturalezas que deben ser elegidas también en otros aspectos. En efecto, hay que preferir a los más firmes y a los más valientes, y, en cuanto sea posible, a los más hermosos. Además hay que buscarlos tales que no sólo sean generosos y viriles [L640]en sus caracteres, sino que tengan también las.prendas naturales adecuadas a esta educación.
¿Y cuáles dispones que sean?
-Es necesario, ¡oh, bendito amigo! -dije-, que haya en ellos vivacidad para los estudios y que no les sea dificil aprender. Porque las almas flaquean mucho más en los estudios arduos que en los ejercicios gimnásticos, pues les afecta más una fatiga que les es propia y que no comparten con el cuerpo.
Cierto -dijo.
-Y hay que buscar personas memoriosas, infatigables [L641]y amantes de toda clase de trabajos. Y si no, ¿cómo crees que iba nadie a consentir en realizar, además de los trabajos corporales, un semejante aprendizaje y ejercicio?
-Nadie lo haría -dijo- ano ser que gozase de todo género de buenas dotes.
-En efecto, el error que ahora se comete -dije yo- y el descrédito le han sobrevenido a la filosofía, como antes decíamos[L642], porque los que se le acercan no son dignos de ella, pues no se le deberían acercar los bastardos, sino los bien nacidos.
-¿Cómo? -dijo.
-En primer lugar -dije yo-, quien se vaya a acercar a ella no debe ser cojo en cuanto a su amor al trabajo, es decir, amante del trabajo en la mitad de las cosas y no amante en la otra mitad[L643]. Esto sucede cuando uno ama la gimnasia y la caza y gusta de realizar toda clase de trabajos corporales sin ser, en cambio, amigo de aprender ni de escuchar ni de investigar, sino odiador de todos los trabajos de esta especie[L644]. Y es cojo también aquel cuyo amor del trabajo se comporta de modo enteramente opuesto.
-Gran verdad es la que dices -contestó.


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