La República (Platón) - pág.150
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-En efecto -dijo.
IX. -Y a aquellos de los jóvenes que se distingan en la guerra o en otra cosa, habrá que darles, supongo, entre otras recompensas y premios, el de una mayor libertad para yacer con las mujeres; lo cual será a la vez un buen pretexto para que de esta clase de hombres nazca la mayor cantidad posible de hijos.
-Bien.
-Y así, encargándose de los niños que vayan naciendo los organismos nombrados a este fin, que pueden componerse de hombres o de mujeres o de gentes de ambos sexos, pues también los cargos serán accesibles, digo yo, tanto a las mujeres como a los hombres[L400]....
-Sí.
-Pues bien, tomarán, creo yo, a los hijos de los mejores y los llevarán a la inclusa, poniéndolos al cuidado de unas ayas que vivirán aparte, en cierto barrio de la ciudad, en cuanto a los de los seres inferiores -e igualmente si alguno de los otros nace lisiado-, los esconderán, como es debido, en un lugar secreto y oculto[L401].
-Si se quiere -dijo- que la raza de los guardianes se mantenga pura...
-¿Y no serán también ellos quienes se ocupen de la crianza; llevarán a la inclusa a aquellas madres que tengan los pechos henchidos, pero procurando por todos los medios que ninguna conozca a su hijo; proporcionarán otras mujeres que tengan leche, en el caso de que ellas no puedan hacerlo; se preocuparán de que las madres sólo amamanten durante un tiempo prudencial y, en cuanto a las noches en vela y demás fatigas, ésas las encomendarán a las nodrizas y ayas?
-¡Qué descansada maternidad -exclamó- tendrán, según tú, las mujeres de los guardianes!
-Así debe ser -dije-. Mas sigamos examinando lo que nos propusimos. Afirmamos [L402]la necesidad de que los hijos nazcan de padres que estén en la flor de la edad.
-Cierto.
-¿Estás, pues, de acuerdo en que el tiempo propio de dicha edad son unos veinte años en la mujer y unos treinta en el hombre?
-¿Qué años son ésos? -preguntó.
-Que la mujer -dije yo- dé hijos a la ciudad [L403]a partir de los veinte hasta los cuarenta años. Y en cuanto al hombre, una vez que haya pasado «de la máxima fogosidad en la carrera[L404]», que desde entonces engendre para la ciudad hasta los cincuenta y cinco años.
-En efecto -dijo-, ésa es la época de apogeo del cuerpo y de la mente en unos y otros[L405].
-Así, pues, si alguno mayor de estas edades o menor de ellas se inmiscuye en las procreaciones públicas, consideraremos su falta como una impiedad y una iniquidad, pues el niño engendrado por el tal para la ciudad nacerá, si su concepción pasa inadvertida, no bajo los auspicios de los sacrificios y plegarias -con las que, en cada fiesta matrimonial, impetrarán las sacerdotisas y sacerdotes y la ciudad entera que de padres buenos vayan naciendo hijos cada vez mejores y de ciudadanos útiles otros cada vez más útiles-, sino en la clandestinidad y como obra de una monstruosa incontinencia.
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