La República (Platón) - pág.143
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IV -¿No será, pues, esto lo primero que habremos de decidir con respecto a tales cosas, si son factibles o no, y no concederemos controversia a quien, en broma o en serio, quiera discutir si las hembras humanas son capaces por naturaleza de compartir todas las tareas del sexo masculino o ni una sola de ellas, o si pueden realizar unas sí y otras no, y a cuál de estas dos clases pertenecen las ocupaciones militares citadas? ¿Acaso no es éste el mejor comienzo, partiendo del cual es natural que lleguemos al más feliz término?
-Desde luego -dijo.
-¿Quieres, pues -pregunté-, que discutamos con nosotros mismos en nombre de esos otros para que la parte contraria no se halle sin defensores ante nuestro ataque?
-Nada hay que lo impida -dijo.
-Digamos, pues, en su nombre: «Sócrates y Glaucón, ninguna falta hace que vengan otros a contradeciros. Pues fuisteis vosotros mismos quienes, cuando empezabais a establecerla ciudad que habéis fundado, convinisteis [L378]en la necesidad de que cada cual ejerciera, como suyo propio, un solo oficio, el que su naturaleza le dictara».
-Lo reconocimos, creo yo; ¿cómo no?
-«¿Y puede negarse que la naturaleza de la mujer difiere enormemente de la del hombre?»
-¿Cómo negar que difiere?
-«¿No serán, pues, también distintas las labores, conformes a la naturaleza de cada sexo, que se debe prescribir a uno y otro?»
-¿Cómo no?
-«Entonces, ¿no erráis ahora y caéis en contradicción con vosotros mismos al afirmar, en contrario, la necesidad de que hombres y mujeres hagan lo mismo, yeso teniendo naturalezas sumamente dispares?» ¿Tienes algo que oponer a esto, mi inteligente amigo?
-Así, de momento -respondió -, no es muy fácil. Pero te suplicaré, te suplico ya mismo, que des también voz a nuestra argumentación cualquiera que ésta sea.
-He aquí, Glaucón -dije-, una dificultad que, con otras muchas semejantes, preveía yo hace tiempo; de ahí mi temor y el no atreverme a tocar las normas sobre la manera de adquirir y tener mujeres e hijos.
-No, ¡por Zeus! -dijo-, no parece cosa fácil.
-No lo es -dije-. Pero ocurre que una persona no se echa menos a nadar si ha caído en el centro del más grande piélago que si en una pequeña piscina[L379].
-En efecto.
-Pues bien, también nosotros tenemos que nadar e intentar salir con bien de la discusión esperando que tal vez nos recoja un delfín [L380]o sobrevenga cualquier otra salvación milagrosa.
-Así parece -dijo.
-¡Ea, pues! -exclamé-. A ver si por alguna parte encontramos la salida. Convinimos, por lo visto, en que cada naturaleza debe dedicarse a un trabajo distinto y en que las de hombres y mujeres son diferentes, y, sin embargo, ahora decimos que estas naturalezas distintas han de tener las mismas ocupaciones.
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