La República (Platón) - pág.141
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-Nada temas -dijo-. Pues no son ignorantes, incrédulos ni malévolos quienes te van a escuchar.
Entonces pregunté yo: -¿Acaso hablas así, mi buen amigo, porque quieres animarme?
-Sí por cierto -asintió.
-Pues bien -repliqué-, consigues todo lo contrario. Porque, si tuviera yo fe en la certeza de lo que digo, estarían bien tus palabras de estímulo. Pues puede sentirse seguro y confiado quien habla, conociendo la verdad acerca de los temas más grandes y queridos, ante un auditorio amistoso e inteligente; ahora bien, quien diserta sobre algo acerca de lo cual duda e investiga todavía, ése se halla en posición peligrosa y resbaladiza, como lo es ahora la mía, no porque recele provocar vuestras risas -eso sería ciertamente pueril-, sino porque temo que, no acertando con la verdad, no sólo venga yo a dar en tierra, sino arrastre tras de mí a mis amigos y eso en las cuestiones en que más cuidadosamente hay que evitar un mal paso. Y suplico a Adrastea[L368], ¡oh, Glaucón!, que me perdone por lo que voy a decir: considero menos grave matar involuntariamente a una persona que engañarla en lo relativo a la nobleza, bondad y justicia de las instituciones. Si ha de exponerse uno a este peligro, es mejor hacer lo entre enemigos que entre amigos; de modo que no ha- b ces bien en animarme[L369].
Entonces se echó a reír Glaucón y dijo: -Pues bien, Sócrates, si algún daño nos causan tus palabras, desde ahora te absolvemos, como en caso de homicidio, y te declaramos limpio de engaño con respecto a nosotros. Habla, pues, sin miedo.
-Realmente -dije-, el absuelto queda en casos tales limpio según la ley. Es natural, por tanto, que ocurra aquí lo mismo que allí[L370].
-Buena razón -dijo- para que hables.
-Es necesario, pues -comencé-, que volvamos ahora atrás para decir lo que tal vez debíamos haber dicho antes, en su lugar correspondiente; aunque, después de todo, quizá no resulte tampoco improcedente que, una vez terminada por completo la representación masculina, comience, sobre todo ya que tanto insistes, la femenina[L371].
III. Para hombres configurados por naturaleza y educación como hemos descrito no hay, creo yo, otras rectas normas de posesión y trato de sus hijos y mujeres que el seguir por el camino en que los colocamos desde un principio. Ahora bien, en nuestra ficción emprendimos, según creo, el constituir a los hombres en algo así como guardianes de un rebaño.
-Sí.
-Pues bien, sigamos del mismo modo: démosles generación y crianza semejantes y examinemos si nos conviene o no.
-¿Cómo? -preguntó.
-Del modo siguiente. ¿Creemos que las hembras de los perros guardianes deben vigilar igual que los machos y cazar junto con ellos y hacer todo lo demás en común o han de quedarse en casa, incapacitadas por los partos y crianzas de los cachorros, mientras los otros trabajara y tienen todo el cuidado de los rebaños[L372]?
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