La República (Platón) - pág.119
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-Ahí es, en efecto -replicó-, donde, al insinuarse, la ilegalidad [L290]pasa más fácilmente inadvertida.
-Sí -dije-, como cosa de juego y que no ha de producir daño alguno.
-Ni lo produce -observó- sino introduciéndose poco a poco y deslizándose calladamente en las costumbres y modos de vivir; de ellos sale, ya crecida, a los tratos entre ciudadanos y tras éstos invade las leyes y las constituciones, ¡oh, Sócrates!, con la mayor impudencia hasta que al fui lo trastorna todo en la vida privada y en la pública.
-Bien -dije yo-, ¿ocurre ello así?
-Tal me parece -contestó.
-¿Así, pues, como ya al comienzo decíamos[L291], a los niños se les ha de procurar desde el primer momento un juego más sujeto a normas en la convicción de que, si ni el juego ni los niños se atienen a éstas, es imposible que, al crecer, se hagan varones justos y de provecho?
-¿Cómo no? -dijo.
-Y cuando los niños, comenzando a jugar como es debido, reciben la buena norma por medio de la música, aquélla, al contrario de lo que ocurre con los otros, los seguirá a todas partes y los hará medrar enderezando cuanto anteriormente [L292]estaba caído en la ciudad.
-Verdad es -dijo.
-Y ellos -dije- descubrirán también aquellas reglas que sus predecesores dejaron totalmente perdidas.
-¿Cuáles son?
-De este género: el silencio que los jóvenes han de guardar ante personas de más edad; cómo han de hacer que se sienten y levantarse ellos en su presencia; el respeto de los propios padres; y también el modo de cortarse el pelo, de vestir y calzar, el pergeño general del cuerpo y, en fin, todo cuanto hay de semejante a esto. ¿No te parece?
-Desde luego.
-Creo que sería tonto disponer por ley todas estas cosas: no se hace en ninguna parte y, aunque se hiciera, no se mantendrían ni por la palabra ni por la escritura[L293].
-¿Cómo iban a mantenerse?
-Será, pues, probable, ¡oh, Adimanto! -dije yo-, que, partiendo de la educación en la dirección de la vida, todo lo que sigue sea como ella. ¿O no es cierto que lo semejante llama a lo semejante?
-¿Qué más cabe?
-Y al fin, creo que podríamos decirlo, saldrá de ello algo completo y vigoroso, sea bueno, sea malo.
-¿Cómo no? -dijo él.
-De modo -proseguí- que yo, por los motivos dichos, no trataría de legislar sobre estas cosas.
-Y con razón -dijo él.
-¿Y qué diremos, por los dioses -continué-, acerca de esos lances del mercado, de los convenios que en él hacen unos y otros entre sí y, si quieres, de los tratos con los artesanos, de las injurias y atropellos, de las citaciones en justicia y las elecciones de los jueces, de la necesidad de tales y cuales exacciones o imposiciones de tributos en plazas y puertos y, en general, de todos los usos placeros, urbanos y marítimos y cuantas cosas hay del mismo estilo[L294]? ¿Nos atreveremos a poner leyes sobre ellas?
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