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La República (Platón) - pág.117

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-Lo creo -contestó.
-Por lo tanto, nuestros atletas podrán luchar probablemente con un número de enemigos doble y triple que el suyo.
-Lo concedo -dijo-, porque, en efecto, me parece que llevas razón.
-¿Y qué sucedería si, enviando una embajada a una de aquellas otras dos ciudades, dijeran, como era verdad: «Nosotros no queremos para nada el oro ni la plata ni nos es licito servirnos de ellos como os lo es a vosotros; luchad, pues, a nuestro lado y quedaos con lo de los contrarios»? ¿Piensas que habría quienes, al oír esto, eligieran el combatir contra unos perros duros y magros en vez de aliarse con ellos contra unos carneros mantecosos y tiernos?
-No creo que los hubiera -dijo-; pero, si se juntan en una sola ciudad las riquezas de las otras, mira no haya peligro para la que carece de ellas.
-Eres un bendito -dije- si crees que se debe llamar ciudad a otra que no sea tal como la que nosotros formamos.
-¿Y por qué? -preguntó.
-A las otras -repliqué- hay que acrecerles el nombre; porque cada una de ellas no es una sola ciudad, sino muchas, como las de los jugadores[L281]. Dos, en el mejor caso, enemiga la una de la otra: la de los pobres y la de los ricos. Y en cada una de ellas hay muchísimas, a las cuales, si las tratas como a una sola, lo errarás todo, pero, si te aprovechas de su diversidad entregando a los unos los bienes, las fuerzas y aun las personas de los otros, te hallarás siempre con muchos aliados y pocos enemigos. Y mientras tu ciudad se administre juiciosamente en la disposición que queda dicha, será muy grande, no digo ya por su fama, sino en realidad de verdad, aunque no cuente más que con un millar de combatientes; y dificilmente hallarás otra tan grande ni entre los griegos ni entre los bárbaros, aunque muchas parezcan ser varias veces más grandes que ella. ¿O tal vez opinas de otro modo?
-No, por Zeus -dijo.

III. -De modo -proseguí- que éste será para nuestros gobernantes el mejor limite al desarrollo que han de dar a la ciudad y al territorio que, conforme a este desarrollo, han de asignarle dejando fuera lo demás.
-¿Qué límite? -dijo.
-Creo que el siguiente -dije-: mientras su crecimiento permita que siga siendo una sola ciudad, acrecerla; pero no pasar de ahí.
-Perfectamente -dijo.
-Y así, haremos también otra prescripción a los guardianes: que atiendan por todos los medios a que la ciudad no sea pequeña ni parezca grande[L282], sino sea suficiente en su unidad.
-¡Ligera prescripción, la que les hacemos! -dijo.
-Y aún más ligera -continué-, esta otra[L283], que ya recordamos antes cuando decíamos que, en caso de tener los guardianes algún descendiente de poca valía, han de despedirlo y mandarlo con los demás ciudadanos, y que si a estos últimos les nace algún retoño de provecho ha de ir con los guardianes.


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