La República (Platón) - pág.113
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¿No es así?
-Sí -respondió.
-Pues bien, ¿no lo harán en un lugar que les ofrezca abrigo en invierno y resguardo en verano?
-¿Cómo no? Porque me parece que hablas de habitaciones -dijo.
-Sí -dije-, y precisamente de habitaciones para soldados, no para negociantes.
-Pero ¿qué diferencia crees que existe entre unas y otras? -preguntó.
-Intentaré explicártelo -respondí-. No creo que para un pastor pueda haber nada más peligroso y humillante que dar a sus perros, guardianes del ganado, una tal crianza y educación que la indisciplina, el hambre o cualquier mal vicio pueda inducirles a atacar ellos mismos a los rebaños y parecer así, más bien que canes, lobos.
-Sería terrible -convino-. ¿Cómo no iba a serlo?
-¿No habrá, pues, que celar con todo empeño para que los auxiliares no nos hagan lo mismo con los ciudadanos y, abusando de su poder, se asemejen más a salvajes tiranos que a aliados amistosos?
-Sí, hay que vigilar -dijo.
-¿Y no contaríamos con la mejor garantía a este respecto si supiéramos que estaban realmente bien educados?
-¡Pero si ya lo están! -exclamó.
Entonces dije yo: -Eso no podemos sostenerlo con úemasiada seguridad, querido Glaucón. Pero sí lo que decíamos hace un instante, que es imprescindible que reciban la debida educación, cualquiera que ésta sea, si queremos que tengan lo que más les puede ayudar a ser mansos consigo mismos y con aquellos a quienes guardan.
-Tienes mucha razón -dijo.
-Pues bien, con respecto a esta educación, cualquiera que tenga sentido común defenderá la necesidad de que dispongan de viviendas y enseres tales que no les impidan ser todo lo buenos guardianes que puedan ni les impulsen a hacer mal a los restantes ciudadanos.
-Y lo dirá con razón.
-Considera, pues -dije yo-, si es el siguiente el régimen de vida y habitación que deben seguir para ser así. Ante todo nadie poseerá casa propia excepto en caso de absoluta necesidad. En segundo lugar nadie tendrá tampoco ninguna habitación ni despensa donde no pueda entrar todo el que quiera. En cuanto a víveres, recibirán de los demás ciudadanos, como retribución por su guarda, los que puedan necesitar unos guerreros fuertes, sobrios y valerosos, fijada su cuantía con tal exactitud que tengan suficiente para el año, pero sin que les sobre nada. Vivirán en común, asistiendo regularmente a las comidas colectivas como si estuviesen en campaña. Por lo que toca al oro y plata, se les dirá que ya han puesto los dioses en sus almas, y para siempre, divinas porciones de estos metales, y por tanto para nada necesitan de los terrestres ni es lícito que contaminen el don recibido aliando con la posesión del oro de la tierra, que tantos crímenes ha provocado en forma de moneda corriente, el oro puro que en ellos hay.
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