La República (Platón) - pág.107
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-Sí -dijo-, así sucede.
XVII. -Pues bien -continué-, no debemos buscar el juez bueno y sabio en esa persona, sino en la anteriormente descrita. Pues la maldad jamás podrá conocerse al mismo tiempo a sí misma y a la virtud, y, en cambio, la virtud innata llegará, con los años y auxiliada por la educación, a adquirir un conocimiento simultáneo de sí misma y de la maldad. En mi opinión será, pues, sabio el hombre virtuoso, pero no el malo.
-Lo mismo opino -dijo.
-¿No tendrás, pues, que establecer en la ciudad, junto con esa judicatura, un cuerpo médico de individuos como aquellos de que hablábamos, que cuiden de tus ciudadanos que tengan bien constituidos cuerpo y alma, pero, en cuanto a los demás, dejen morir a aquellos cuya deficiencia radique en sus cuerpos o condenen a muerte ellos mismos a los que tengan un alma naturalmente mala e incorregible?
-Ciertamente -aprobó-, ésa es la mejor solución, tanto para los propios individuos como para la ciudad en general.
-Por lo que toca a tus jóvenes -continué-, es evidente que podrán no tener que recurrir ala justicia si practican aquella música sencilla de la que decíamos que engendraba templanza.
-Efectivamente -respondió.
-Y si el músico cultiva la gimnástica siguiendo los mismos pasos, ¿no podrá, si quiere, llegar a no necesitar para nada de la medicina más que en caso forzoso?
-Yo creo que sí.
-Pero, al ejercitarse en la gimnasia y realizar sus ejercicios, lo hará atendiendo al elemento fogoso de su naturaleza y con intención de estimularlo más bien que con vistas al mero vigor corporal; no como los atletas ordinarios, que enderezan sus trabajos y régimen alimenticio únicamente al logro de este último[L256].
-Tienes mucha razón -apoyó.
-¿No es cierto, amigo Glaucón -continué-, que quienes establecieron una educación basada en la música y la gimnástica no lo hicieron, como creen algunos[L257], con objeto de que una de ellas atendiera al cuerpo y otra al alma?
-¿Pues con qué otro fin? -preguntó.
-Es muy posible -dije- que tanto una como otra hayan sido establecidas con miras principalmente al cuidado del alma.
-¿Cómo?
-¿No has observado -pregunté- cómo tienen el carácter los que dedican su vida entera a la gimnástica sin tocar para nada la música? ¿Y cuantos hacen lo contrario?
-¿A qué te refieres? -dijo.
-A la ferocidad y dureza en un caso o blandura y dulzura en el otro -aclaré.
-Sí, por cierto -exclamó-. Los que practican exclusivamente la gimnástica se vuelven más feroces de lo que sería menester y, en cambio, los dedicados únicamente a la música se ablandan más de lo decoroso[L258]. -En efecto -dije-; esta ferocidad puede ser resultado de una fogosidad innata, que bien educada llegará a convertirse en valentía, pero, si se la deja aumentar más de lo debido, terminará, como es natural, en brutalidad y dureza[L259].
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