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La República (Platón) - pág.106

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-En efecto -convine-, e incluso muy buenos. Pero ¿sabes a quiénes tengo por tales?
-¡Si tú me lo dices! -respondió.
-Voy a intentarlo -dije-. Aunque tú has unido en la pregunta dos cuestiones diferentes.
-¿Cómo? -preguntó.
-Los médicos más hábiles -respondí- serán aquellos que, además de tener bien aprendida su profesión, hayan estado desde niños en contacto con la mayor cantidad posible de cuerpos mal dotados físicamente, y, no gozando ellos de muy robusta constitución, hayan sufrido personalmente toda clase de enfermedades. Porque no es con el cuerpo, creo yo, con lo que cuidan de los cuerpos -pues en ese caso no sería admisible que ellos estuviesen o cayesen jamás enfermos-, sino con el alma, que, si es o se hace mala, no se hallará en condiciones de cuidar bien de nada.
-Exactamente -asintió.
-En cambio, amigo mío, el juez gobierna las almas por medio del alma, a la cual no podemos exigir que se haya formado desde la niñez en el trato y familiaridad con otras almas malas ni que haya recorrido personalmente toda la escala de las acciones criminales solamente con el fin de que, basada en su propia experiencia, pueda conjeturar con sagacidad en lo tocante a los delitos de los demás como el médico con respecto a las enfermedades corpóreas. Al contrario, es preciso que se haya mantenido pura y alejada de todo ser vicioso durante su juventud si se quiere que su propia honradez la capacite para juzgar con criterio sano acerca de lo que es justo. Razón por la cual las buenas personas parecen simples cuando jóvenes y se dejan engañar fácilmente por los malos; es porque no tienen en sí mismos ningún modelo que les permita identificar a los seres perversos.
-En efecto -dijo-; eso es exactamente lo que les suele pasar.
-Por eso -seguí- el buen juez no debe ser joven, sino un anciano que, no por tenerla arraigada en su alma como algo propio, sino por haberla observado durante largo tiempo como cosa ajena en almas también ajenas, haya aprendido tardíamente lo que es la injusticia y llegado a conocer bien, por medio del estudio, pero no de la experiencia personal, de qué clase de mal se trata.
-¡Qué noble parece ser ese juez! -exclamó.
-¡Y qué bueno! -contesté-, que es lo que tú me preguntabas. Porque quien tiene el alma buena es bueno. En cambio, aquel otro hombre habilidoso y suspicaz que ha cometido mil fechorías y se tiene a sí mismo por ladino e inteligente, en el comercio con sus iguales se muestra hábil y cauto, ya que le basta para ello con mirar a los modelos que guarda en su interior. Mas cuando, por el contrario, se pone en relación con gentes mejores y de más edad que él[L255], entonces se comporta estúpidamente, con su desconfianza extemporánea e incapacidad para comprender a los caracteres rectos, propia de quien no tiene en sí mismo ningún modelo de esa especie, y únicamente porque se encuentra más veces con los malos que con los buenos es por lo que tanto él como los demás lo tienen más bien por inteligente que por necio.


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