La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.51
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encima de los árboles.
-Venid -dijo el guía con voz baja.
Y redoblando las precauciones, seguido de sus compañeros, se deslizó silenciosamente
a través de las altas hierbas.
El silencio sólo estaba interrumpido por el murmullo del viento en las ramas.
Muy luego el guía se detuvo en la extremidad de un claro alumbrado por algunas
antorchas. El suelo estaba cubierto de grupos de durmientes entorpecidos por la
embriaguez. Parecía un campo de batalla sembrado de muertos. Hombres, mujeres, niños,
todo allí estaba confundido. Algunos había aquí y acullá que dejaban oír el ronquido de la
embriaguez.
En el fondo, entre las masas de árboles, se alzaba confusamente el templo de Pillaji;
pero, con gran despecho de parte del guía, los guardias del rajá, alumbrados por antorchas
fuliginosas, vigilaban la puerta, paseándose sable en mano. Podía suponerse que en el
interior los sacerdotes estarían velando también.
El parsi no se adelantó más porque había reconocido la imposibilidad de forzar la
entrada del templo, e hizo retroceder a sus compañeros.
Phileas Fogg y sir Francis Cromarty habían comprendido como él que no podían
intentar nada por aquella parte.
Se detuvieron y hablaron en voz baja.
-Aguardemos -dijo el gobernador generalno son mas que las ocho todavía, y es posible
que esos guardias sucumban también al sueño.
-Posible es en efecto -respondió el parsi.
Phileas Fogg y sus compañeros se recostaron, pues, al pie de un árbol y esperaron.
El tiempo les pareció largo. De vez en cuando el guía los dejaba e iba a observar. Los
guardias del rajá se huían siempre vigilando a la luz de las antorchas, y una luz vaga se
filtraba por las ventanas de la pagoda.
Esperaron hasta medianoche. La situación no cambió. Había fuera la misma vigilancia,
y era evidente que no podía contarse con el sueño de los guardias. La embriaguez del
"hag" les había sido probablemente ahorrada. Era menester, pues, obrar de otro modo y
penetrar por una abertura practicada en las murallas de la pagoda. Restaba la cuestión de
saber si los sacerdotes vigilaban cerca de su víctima con tanto cuidado como los soldados
en la puerta del templo.
Después de otra conversación, el guía estuvo dispuesto a marchar. Mister Fogg, sir
Francis y Picaporte lo siguieron. Dieron una vuelta bastante larga a fin de alcanzar la
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