La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.47
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abigarrado traje. Estaban rodeados de hombres, mujeres y niños, que cantaban una
especie de salmodia fúnebre, interrumpida a intervalos iguales por golpes de tamtam y de
timbales. Detrás de ellos, sobre un carro de ruedas anchas, cuyos radios figuraban con las
llantas un ensortijamiento de serpientes, apareció una estatua horrorosa, tirada por dos
pares de zebús ricamente enjaezados. Esta estatua tenía cuatro brazos, el cuerpo teñido de
rojo sombrío, los ojos extraviados, el pelo enredado, la lengua colgante y los labios
teñidos. En su cuello se arrollaba un collar de cabezas de muerto, y sobre su cadera, había
una cintura de manos cortadas. Estaba de pie sobre un gigante derribado que carecía de
cabeza.
Sir Francis Cromarty reconoció aquella estatua.
-La diosa Kali --dijo en voz baja-, la diosa del amor y de la muerte.
-De la muerte, consiento --dijo Picaporte-; pero del amor, nunca. ¡Vaya mujer fea!
El parsi le hizo seña para que callara.
Alrededor de la estatua se movía y agitaba, en convulsiones, un grupo de fakires,
listados con bandas de ocre, cubiertos de incisiones cruciales que goteaban sangre,
energúmenos estúpidos que en las ceremonias se precipitaban aún bajo las ruedas del
carro de Jaggernaut.
Detrás de ellos algunos brahmanes, en toda la suntuosidad de su traje oriental,
arrastraban una mujer que apenas se sostenía.
Esta mujer era joven y blanca como una europea. Su cabeza, su cuello, sus hombros,
sus orejas, sus brazos, sus manos, sus pulgares, estaban sobrecargados de joyas, collares,
brazaletes, pendientes y sortijas. Una túnica recamada de oro y recubierta de una muse-
lina ligera dibujaba los contornos de su talle.
Detrás de esta joven --contraste violento a la vista- unos guardias, armados de sables
desnudos que llevaban en el cinto y largas pistolas adamasquinadas, conducían un
cadáver sobre un palanquín.
Era el cuerpo de un anciano cubierto de sus opulentas vestiduras de rajá, llevando como
en vida el turbante bordado de perlas, el vestido tejido de seda y oro, el cinturón de
cachemir adiamantado y sus magníficas armas de príncipe hindú.
Después, unos músicos y una retaguardia de fanáticos, cuyos gritos cubrían a veces el
estrépito atronador de los instrumentos, cerraban el cortejo.
Sir Francis miraba toda esta pompa con aire singularmente triste, y volviéndose hacia el
guía le dijo:
-¡Un sutty!
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