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La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.46

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mediodía e guía dio vuelta al villorrio de Kellengen, situado sobre el Cani, uno de los
subafluentes del Ganges Evitaba siempre los parajes habitados, creyéndose más seguro en
el campo desierto, donde se encuen
tran las primeras depresiones de la cuenca del gran río. La estación de Hallahabad
estaba a doce millas al Nordeste. Se hizo alto bajo un bosquecillo de bananos, cuya fruta
tan sana como el pan, y tan suculenta como la crema, dicen los viajeros, fue muy
apreciada.
A las dos, el guía entró bajo la cubierta de una selva espesa, que debía atravesar por un
espacio de muchas millas. Prefería bajar así a cubierto de los bosques. En todo caso, no
había tenido hasta entonces ningún encuentro sensible, y el viaje debía cumplirse al
parecer sin accidentes, cuando el elefante, dando algunas señales de inquietud, se paró de
repente.
Eran entonces las cuatro.
-¿Qué hay? -Preguntó sir Francis Cromarty quien sacó la cabeza fuera de su cuévano.
-No lo sé -respondió el parsi prestando oído a un murmullo que pasaba por la espesa
enramada.
Algunos instantes después el murmullo fue mas perceptible. Parecía un concierto,
distante aún, de voces humanas y de instrumentos de cobre.
Picaporte se volvía todo ojos y orejas. Mister Fogg aguardaba pacientemente sin
pronunciar una sola palabra.
El parsi saltó a tierra, ató el elefante a un árbol y penetró en lo más espeso del bosque.
Algunos minutos después volvió diciendo:
-Una procesión de brahmanes que vienen hacia aquí. Si es posible, procuremos no ser
vistos.
El guía desató al elefante y lo condujo a una espesura, recomendando a los viajeros que
no se apeasen, mientras él mismo estaba preparado para montar rápidamente en caso de
hacerse necesaria la fuga. Creyó que la comitiva de fieles pasaría sin verlo, porque lo
tupido de la enramada lo ocultaba completamente.
El ruido discordante de las voces e instrumentos se acercaba. Unos cantos monótonos
se mezclaban con el toque de tambores y timbales. Pronto apareció bajo los árboles la
cabeza de la procesión, a unos cincuenta pasos del puesto ocupado por mister Fogg y sus
compañeros. Distinguían con facilidad al través de las ramas el curioso personal de
aquella ceremonia religiosa.
En primera línea avanzaban unos sacerdotes cubiertos de mitras y vestidos con largo y


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