La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.43
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de excederse Phileas Fogg respondió a su compañero que no tenía costumbre de obrar sin
reflexión, que se trataba, en fin de cuentas, de una apuesta de veinte mil libras, que ese
elefante le era necesario, y que aun pagándolo veinte veces más de lo que valía, lo
poseería.
Mister Fogg se acercó de nuevo al indio, cuyos ojuelos encendidos por la codicia
dejaron ver que no se trataba para él sino de una cuestión de precio. Phileas Fogg ofreció
sucesivamente mil doscientas libras, después mil quinientas, en seguida mil ochocientas,
y por último dos mil. Picaporte, tan coloradote de ordinario, estaba pálido de emoción.
A las dos mil libras el indio se entregó.
-¡Por mis babuchas --exclamó Picaporte-, a buen precio hay quien pone la carne de
elefante!
Arreglado el negocio, ya no faltaba más que guía, lo cual fue más fácil. Un joven parsi,
de rostro inteligente, ofreció sus servicios. Mister Fogg aceptó y le prometió una gruesa
remuneración, lo cual no podía menos de contribuir a redoblar su inteligencia.
Sacaron y equiparon al elefante sin tardanza. El parsi conocía perfectamente el oficio
de "mahut" o cornac. Cubrió con una especie de hopalanda los lomos del elefante y
dispuso por cada lado dos especies de cuévanos bastante poco confortables.
Phileas Fogg pagó al indio en billetes de Banco, que extrljo del famoso saco. Parecía
ciertamente que se sacaban de las entrañas de Picaporte. Después, mister Fogg ofreció a
sir Francis Cromarty trasladarlo a la estación de Hallahabad. El brigadier general aceptó.
Un viajero más no podía fatigar al gigantesco elefailte.
Se compraron víveres en Kholby. Sir Francis Cromarty tomó asiento en uno de los
cuévanos, y Phileas Fogg en otro. Picaporte montó a horcqiadas sobre la hopalanda entre
su amo y el brigadier general. El parsi se colocó sobre el cuello del elefante, y a las nueve
salían del villorrio y penetraban por el camino más corto en la frondosa selva de esas
palmeras asiáticas llamadas plataneros.
XII
A fin de abreviar la distancia, el guía dejó a la derecha el trazado de la vía cuyos
trabajos se estaban ejecutando. El ferrocarril, a causa de los obstáculos que ofrecían las
caprichosas ramificaciones de los montes Vindhias, no seguía el camino más corto, que
era el que importaba tomar.
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