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La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.38

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montes.
De vez en cuando, sir Francis Cromarty y Phileas Fogg cruzaban algunas palabras, y en
este momento el brigadier general, procurando animar una conversación que con
frecuencia languidecía, dijo:
-Hace algunos años, mister Fogg, que hubiérais tenido aquí un atraso que
probablemente hubiera comprometido vuestro itinerario.
-¿Por qué, sir Francis?
-Porque el ferrocarril terminaba al pie de estas montañas, que era necesario atravesar en
palanquín o a caballo hasta la estación de Kandallah, situada a la vertiente opuesta.
-Esta tardanza no hubiera de modo alguno descompuesto el plan de mi programa
-respondió mister Fogg-. No he dejado de prever la eventualidad de ciertos obstáculos.
-Sin embargo, mister Fogg -repuso el brigadier general-, habéis estado a punto de
cargar con muy mal negocio por la aventura de ese mozo.
Picaporte, con los pies envueltos en la manta de viaje, dormía profundamente, sin soñar
que se hablaba de él.
-El gobierno inglés es muy severo con razón, por ese género de delitos -repuso sir
Francis Cromarty-. Atiende más que todo a que se respeten los usos religiosos de los
indios, y si hubiesen agarrado a vuestro criado...
-Y bien, agarrándole, sir Francis -respondió mister Fogg- le habrían condenado y
después de sufrir su pena hubiera vuelto tranquilamente a Europa. ¡No veo por qué ese
asunto tendría que perjudicar a su amo!
Y con esto la conversación se enfrió de nuevo. Durante la noche, el tren atravesó los
Ghats, pasó por
Nassik, y al día siguiente 21 de octubre, corría por un territorio casi llano formado por
la comarca del Khandeish. La campiña, bien cultivada, estaba llena de villorrios, sobre
los cuales el minarete de la pagoda reemplazaba al campanario de la iglesia europea. Esta
región fértil estaba regada por numerosos arroyuelos, afluentes la mayor parte o
subafluentes del Godavery.
Picaporte, despierto ya, miraba y no podía creer que atravesaba el país de los indios en
un tren del "Great Peninsular Railway". Esto te parecía inverosímil, y, sin embargo, nada
más positivo. La locomotora, dirigida por el brazo de un maquinista inglés y caldeada con
hulla inglesa, despedía el humo sobre las plantaciones de algodón, café, moscada, clavillo
y pimienta. El vapor se contorneaba en espirales alrededor de los grupos de palmeras,
entre las cuales aparecían pintorescos bungalows y algunos viharis, especie de


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