La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.35
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perder de vista a su impenetrable bribón durante todo el tiempo que estuviera en Bombay.
No tenía duda de que allí permanecería algún tiempo Phileas Fogg, convicción de que
participaba Picaporte, lo cual daría lugar a la llegada del mandato.
Pero desde las últimas órdenes que le había dado su amo, Picaporte había comprendido
que sucedería, en Bombay lo que en Suez y París, y que el viaje no terminaría allí y se
proseguiría por lo menos hasta Calcuta y quizá más lejos. Y empezó a pensar si la apues-
ta sería cosa formal, y si la fatalidad no le llevaría a él, que quería vivir descansado, a dar
la vuelta al mundo en ochenta días.
Entretanto, y después de haber comprado algunas camisas y calcetines, se paseaba por
las calles de Bombay. Había gran concurrencia, y en medio de europeos de todas
procedencias se veían persas con gorro puntiagudo, bunhyas con turbantes redondos,
sindos con bonetes cuadrados, armenios con traje largo y parsis con mitra negra. Era
precisamente una fiesta que celebraban los parsis o gnebros, descendientes directos de los
sectarios de Zoroastro, que son los más industriosos, los más civilizados, los más inteli-
gentes, los más austeros de los indios, raza a que pertenecen hoy los comerciantes más
ricos de Bombay. Aquel día celebraban una especie de carnaval religioso, con
procesiones y festejos, en los cuales figuraban bayaderas vestidas de gasas recarnadas de
oro y plata, y que al son de gaitas y tamtams danzaban maravillosamente, y por otra parte
con perfecta cadencia.
Superfluo es insistir aquí en qué ceremonias, siendo todo ojos y oídos Picaporte
contemplaba tan curiosas ceremonias para ver y escuchar, y dando a su fisonomía la
facha del papanatas más perfecto que imaginarse pueda.
Desgraciadamente para él y su amo, cuyo viaje por poco comprometió, su curiosidad lo
llevó más lejos de lo que convenía.
Después de haber visto ese carnaval parsi, Picaporte se dirigía a la estación, cuando al
pasar por delante de la admirable pagoda de Malebar-Hill tuvo la desventurada idea de
visitarla por dentro.
Ignoraba dos cosas: primero, que la entrada de ciertas pagodas hindúes está
formalmente prohibida a los cristianos, y segundo, que aun los mismos creyentes no
pueden entrar sino dejando el calzado a la puerta. Hay que notar aquí que, por razones de
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