La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.34
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dirigió a la oficina de pasaportes.
Por consiguiente, nada pensaba ver de las maravillas de Bombay, ni la municipalidad,
ni la magnífica biblioteca, ni los fuertes, ni los docks, ni el mercado de algodones, ni los
bazares, ni las mezquitas, ni las sinagogas, ni las iglesias armenias, ni la espléndida
pagoda de Malebar-Hill, adomada con dos torres poligonales. No contemplaría ni las
obras maestras de Elefanta, ni sus misteriosas hipogeas, ocultas al sureste de la rada, ni
las grutas kankerias de la isla de Salcette; esos admirables vestigios de la arquitectura
budista.
¡No, nada! Al salir de la oficina de pasaportes, Phileas Fogg se fue sosegadamente a la
estación, y allí se hizo servir la comida. Entre otros manjares, el fondista creyó deber
recomendarle cierto guisado de conejo del país, que le ponderó mucho.
Phileas Fogg aceptó el guisado y lo probó concienzudamente, pero, a pesar de la salsa,
lo halló detestable.
Llamó al fondista.
-Señor -le dijo mirándole cara a cara-, ¿es esto conejo?
-Sí, milord -respondió descaradamente el perillán-, conejo de esta tierra.
-¿Y no ha mayado cuando lo han matado?
-¡ Mayado! ¡ Oh, mi lord! ¡ Un conejo! Os juro...
-Señor fondista -replicó con frialdad mister Fogg-, no juréis, y acordaos de esto:
antiguamente, en la India, los gatos eran animales sagrados. Era el buen tiempo.
-¿Para los gatos, milord?
-Y tal vez también para los viajeros.
Después de esta observación, mister Fogg siguió comiendo con calma.
Algunos instantes después de mister Fogg, el agente Fix había desembarcado también
del "Mongolia" y se había ido corriendo a vera al director de la policía de Bombay. Le
dio a conocer la misión de que estaba encargado y su situación respecto del presunto
autor del robo. ¿Se había recibido de Londres una orden de prisión?... No se había
recibido nada. Y en efecto, la orden no podía haber llegado todavía.
Fix quedó desconcertado. Quiso conseguir del director la orden, pero le fue negada. Era
asunto que competía a la administración metropolitana, siendo ella quien sólo podía dar
legalmente un mandato de prisión. Esta severidad de principios, esta observancia rigurosa
de la ley, se explica perfectamente por las costumbres inglesas, que en materia de libertad
individual no admiten ninguna arbitrariedad.
Fix no insistió, y comprendió que debía resignarse a aguardar la orden; pero resolvió no
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