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La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.29

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Y entretanto, a pesar de la ráfaga y a pesar de las olas, el vapor, impelido por su poderosa
máquina, corría sin tardanza hacia el estrecho de Bab el-Mandeb.
¿Qué hacía Phileas Fogg durante aquel tiempo? ¿Pudiera creerse que siempre inquieto
y ansioso se preocupaba de los cambios de viento perjudiciales a la marcha del buque, de
los movimientos desordenados del oleaje que podían ocasionar un accidente a la
maquina, en fin, de todas las averías posibles que obligando al "Mongolia" a arribar a
algún puerto hubiesen comprometido el viaje?
De ningún modo; o si pensaba en estas eventualidades, no lo dejaba cuando menos
traslucir. Era siempre el hombre impasible, el miembro imperturbable del Reform-Club, a
quien ningún incidente o accidente podía sorprender. No parecía mucho más conmovido
que el cronómetro de a bordo. Raras veces se le veía sobre el puente. Poco cuidado te
daba observar aquel Mar Rojo, tan fecundo en recuerdos y teatro de las primeras escenas
históricas de la humanidad. No acudía a reconocer las curiosas poblaciones diseminadas
por sus orillas y cuyos pintorescos perfiles se destacaban de vez en cuando en el
horizonte. Ni siquiera pensaba en los peligros de aquel golfo, de que siempre han hablado
con espanto los antiguos historiadores Estrabón, Arriano, Artemidoro, Edris, en el cual no
se aventuraban los navegantes antiguamente sin haber consagrado su viaje con sacrificios
propiciatorios.
¿Qué hacía entonces aquel hombre original encarcelado en el "Mongolia"? Hacía
primeramente sus cuatro comidas diarias, sin que nunca el cabeceo ni los vaivenes
pudieran desconcetar máquina tan maravillosamente organizada. Y después jugaba al
whist.
Había encontrado compañeros para el juego tan rabiosamente aficionados como él; un
recaudador de impuestos que iba a Goa, un ministro, el reverendo Décimo Smith, que
regresaba a Bombay, y un brigadier general del ejército inglés, que se iba a reunir con su
cuerpo a Benarés. Estos tres personajes tenían por el whist igual pasión que mister Fogg,
y jugaban horas enteras con no menos silencio que él.
En cuanto a Picaporte, no le atacaba el mareo. Ocupaba un camarote de proa y comía
concienzudamente. Debemos decir que este viaje, hecho en tales condiciones, no le
disgustaba, y procuraba sacar partido de él. Bien mantenido, bien alojado, veía tierras, y
por otra parte tenía la esperanza de que esta broma acabaría en Bombay.


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