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La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.15

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-¡Esto sí que es ... ! ¡Yo que quería estar tranquilo!
Y maquinalmente hizo sus preparativos de viaje. ¡La vuelta al mundo en ochenta días!
¿Estaba su amo loco? No... ¿Era broma? Si iban a Douvres, bien. A Calais, conforme. En
suma, esto no podía contrariar al buen muchacho, que no había pisado el suelo de su
patria en cinco años. Quizás se llegaría hasta París, y ciertamente que volvería a ver con
gusto la gran capital, porque un gentleman tan economizador de sus pasos se detendría
allí... Sí, indudablemente; ¡pero no era menos cierto que partía, que se movía ese
gentleman, tan casero hasta entonces!
A las ocho, Picaporte había preparado el modesto saco que contenía su ropa y la de su
amo; y después, perturbado todavía de espíritu, salió del cuarto, cerró cuidadosamente la
puerta, y se reunió con mister Fogg.
Míster Fogg ya estaba listo. Llevaba debajo del brazo el "Brandshaw´s Continental
Railway, Steam Transit and general Guide", que debía suministrar todas las indicaciones
necesarias para el viaje. Tomó el saco de las manos de Picaporte, lo abrió, y deslizó en él
un paquete de esos hermosos billetes de banco que corren en todos los países.
-¿No habéis olvidado nada? -preguntó.
-Nada, señor.
-Bueno; tomad este saco.
Míster Fogg entregó el saco a Picaporte.
-Y cuidadlo -añadió-. Hay dentro veinte mil libras.
Poi- poco se escapó el saco de las manos de Picaporte, como si las veinte mil libras
hubieran sido oro y pesado considerablemente.
El a¡-no y el criado bajaron entonces, y la puerta de la calle se cerró con doble vuelta.
A la extremidad de Saville-Row había un punto de coches. Pilileas Fogg y su criado
montaron en un "cab", que se dirigía rápidamente a la estación de Charing-Cross, donde
termina uno de los ramales del ferrocarril del Sureste.
A las ocho y veinte, el "cab" se detuvo ante la verja de la estación. Picaporte se apeó.
Su amo le siguió y pagó al cochero.
En aquel momento, una pobre mendiga con un niño de la mano, con los pies descalzos
en el lodo, y cubierta con un sombrero desvencijado, del cual colgaba una pluma
lamentable, y con un chal hecho jirones sobre sus andrajos, se acercó a mister Fogg y le
pidió limosna.
Míster Fogg sacó del bolsillo las veinte guineas que acababa de ganar al juego, y


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