La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.7
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muy a menudo sobre los hombros de los "policemen." Queriendo Picaporte ante todo
respetar a su amo, arriesgó algunas observaciones respetuosas que fueron mal recibidas, y
rompió. Supo en el ínterin que Phileas Fogg buscaba criado y tomó infon-nes acerca de
este caballero. Un personaje cuya existencia era tan regular, que no dormía fuera de casa,
que no viajaba, que nunca, ni un día siquiera, se ausentaba, no podía sino convenirle. Se
presentó y fue admitido en las circunstancias ya conocidas.
Picaporte, a las once y media dadas, se hallaba solo en la casa de Sara, se ausentaba, no
podía sino considerarla recorriendo desde la cueva al tejado; y esta casa limpia, arreglada,
severa, puritana, bien organizada para el servicio, le gustó. Le produjo la impresión de
una cáscara de caracol alumbrada y calentada con gas, porque el hidrógeno carburado
bastaba para todas las necesidades de luz y calor. Picaporte halló sin gran trabajo en el
piso segundo el cuarto que le estaba destinado. Le convino. Timbres eléctricos y tubos
acústicos le ponían en comunicación con los aposentos del entresuelo y del principal.
Encima de la chimenea había un reloj eléctrico en correspondencia con el que tenía
Phileas Fogg en su dormitorio, y de esta manera ambos aparatos marcaban el mismo
segundo en igual momento.
-No me disgusta, no me disgusta --decía para sí Picaporte.
Advirtió además en su cuarto una nota colocada encima del reloj. Era el programa del
servicio diario. Comprendía --desde las ocho de la mañana, hora reglamentaria en que se
levantaba Phileas Fogg, hasta las once y media en que dejaba su casa para ir a almorzar al
Reform-Club- todas las minuciosidades del servicio, el té y los picatostes de las ocho y
veintitrés, el agua caliente para afeitarse de las nueve y treinta y siete, el peinado de las
diez menos veinte, etc. A continuación, desde las once de la noche -instantes en que se
acostaba el metódico gentieman- todo estaba anotado, previsto, regularizado. Picaporte
pasó un rato feliz meditando este programa y grabando en su espíritu los diversos
artículos que contenía.
En cuanto al guardarropa del señor, estaba perfectamente irreglado y maravillosamente
comprendido. Cada pantalón, levita o chaleco tenía su número de orden, reproducido en
un libro de entrada y salida, que indicaba la fecha en que, según la estación, cada prenda
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