La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.6
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apresurado del mundo, pero siempre llegaba a tiempo. Pero, desde luego, se comprenderá
que tenía que vivir solo y, por decirlo así, aislado de toda relación social. Sabía que en la
vida hay que dedicar mucho al rozamiento, y como el rozamiento entorpece, no se rozaba
con nadie.
En cuanto a Juan, alias Picaporte, verdadero parisiense de París, durante los cinco años
que había habitado en Inglaterra desempeñando la profesión de ayuda de cámara, en vano
había tratado de hallar un amo a quien poder tomar cariño.
Picaporte no era, por cierto, uno de esos Frontines o Mascarillos , que, altos los
hombros y la cabeza, descarado y seco al mirar, no son más que unos bellacos insolentes;
no. Picaporte era un guapo chico de amable fisonomía y labios salientes, dispuesto
siempre a saborear o a acariciar; un ser apacible y servicial, con una de esas cabezas
redondas y bonachonas que siempre gusta encontrar en los hombros de un amigo. Tenía
azules los ojos, animado el color, la cara suficientemente gruesa para que pudieran verse
sus mismos pómulos, ancho el pecho, fuertes las caderas, vigorosa la musculatura, y con
una fuerza hercúlea que los ejercicios de su juventud habían desarrollado admirable-
mente. Sus cabellos castaños estaban algo enredados. Si los antiguos escultores conocían
dieciocho modos distintos de arreglar la cabeza de Minerva, Picaporte, para componer la
suya, sólo conocía uno: con tres pases de batidor estaba peinado.
Decir si el genio expansivo de este muchacho podía avenirse con el de Phileas Fogg, es
cosa que prohibe la prudencia elemental. ¿Sería Picaporte ese criado exacto hasta la
precisión que convenía a su dueño? La práctica lo demostraría. Después de haber tenido,
como ya es sabido, una juventud algo vagabunda, aspiraba al reposo. Había oído ensalzar
el metodismo inglés y la proverbial frialdad de los gentlemen, y se fue a buscar fortuna a
Inglaterra. Pero hasta entonces la fortuna le había sido adversa. En ninguna parte pudo
echar raíces. Estuvo en diez casas, y en todas ellas los amos eran caprichosos, desiguales,
amigos de correr aventuras o de recorrer paises, cosas todas ellas que ya no podían
convenir a Picaporte. Su último señor, el joven lord Longsferry, miembro del Parlamento
después de pasar las noches en los "oystersrooms " de Hay-Marquet, volvía a su casa
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