La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.5
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colocó en su cabeza mediante un movimiento automático, y desapareció sin decir palabra.
Picaporte oyó por primera vez el ruido de la puerta que se cerraba; era su nuevo amo
que salía; luego, escuchó por segunda vez el mismo ruido; era James Foster que se
marchaba también.
Picaporte se quedó solo en la casa de SavilleRow.
II
-A fe mía -decía para sí Picaporte algo aturdido al principio-, he conocido en casa de
madame Tussaud personajes de tanta vida como mi nuevo amo. Conviene advertir que
los personajes de madame
Tussaud son unas figuras de cera muy visitadas, y a las cuales verdaderamente no les
falta más que hablar.
Durante los cortos instantes en que pudo entrever
a Phileas Fogg, Picaporte había examinado rápida pero cuidadosamente a su amo
futuro. Era un hombre que podía tener unos cuarenta años, de figura noble y arrogante,
alto de estatura, sin que lo afease cierta ligera obesidad, de pelo rubio, frente tersa y sin
señal de arrugas en las sienes, rostro más bien pálido que sonrosado, dentadura
magnífica. Parecía poseer en el más alto grado eso que los fisonomistas llaman "el reposo
en la acción" facultad común a todos los que hacen más trabajo que ruido. Sereno,
flemático, pura la mirada, inmóvil el párpado, era el tipo acabado de esos ingleses de
sangre fría que suelen encontrarse a menudo en el Reino Unido, y cuya actitud algo
académica ha sido tan maravillosamente reproducida por el pincel de Angélica
Kauffmann. Visto en los diferentes actos de su existencia, este gentleman despertaba la
idea de un ser bien equilibrado en todas sus partes, proporcionado con precisión, y tan
exacto como un cronómetro de Leroy o de Bamshaw. Porque, en efecto, Phileas Fogg era
la exactitud personificada, lo que se veía claramente en la "expresión de sus pies y de sus
manos", pues que en el hombre, así como en los animales, los miembros mismos son
organos expresivos de las pasiones.
Phileas Fogg era de aquellas personas matemáticamente exactas que nunca precipitadas
y siempre dispuestas, economizan sus pasos y sus movimientos. Atajando siempre, nunca
daba un paso de más. No perdía una mirada dirigiéndola al techo. No se permitía ningún
gesto superfluo. Jamás se le vio ni conmovido ni alterado. Era el hombre menos
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