La vuelta al mundo en 80 días (Julio Verne) - pág.2
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por los señores Baring Hermanos. De aquí cierta reputación debida a la regularidad con
que sus cheques eran pagados a la vista por el saldo de su cuenta corriente,
invariablemente acreedor.
¿Era rico Phileas Fogg? Indudablemente. Cómo había realizado su fortuna, es lo que los
mejor informados no podían decir, y para saberlo, el último a quien convenía dirigirse era
míster Fogg. En todo caso, aun cuando no se prodigaba mucho, no era tampoco avaro,
porque en cualquier parte donde faltase auxilio para una cosa noble, útil o generosa, solía
prestarlo con sigilo y hasta con el velo del anónimo.
En suma, encontrar algo que fuese menos comunicativo que este gentleman, era cosa
difícil. Hablaba lo menos posible y parecía tanto más misterioso cuanto más silencioso
era. Llevaba su vida al día; pero lo que hacía era siempre lo mismo, de tan matemático
modo, que la imaginación descontenta buscaba algo más allá.
¿Había viajado? Era probable, porque poseía el inapamundi mejor que nadie. No había
sitio, por oculto que pudiera hallarse del que no pareciese tener un especial conocimiento.
A veces, pero siempre en pocas breves y claras palabras, rectificaba los mil propósitos
falsos que solían circular en el club acerca de viajeros perdidos o extraviados, indicaba
las probabilidades que tenían mayores visos de realidad y a menudo, sus palabras
parecían haberse inspirado en una doble vista; de tal manera el suceso acababa siempre
por justificarlas. Era un hombre que debía haber viajado por todas partes, a lo menos, de
memoria.
Lo cierto era que desde hacía largos años Phileas Fogg no había dejado Londres. Los
que tenían el honor de conocerle más a fondo que los demás, atestiguaban que
--excepción hecha del camino diariamente recorrido por él desde su casa al club- nadie
podía pretender haberio visto en otra parte. Era su único pasatiempo leer los periódicos y
jugar al whist. Solía ganar a ese silencioso juego, tan apropiado a su natural, pero sus
beneficios nunca entraban en su bolsillo, que figuraban por una suma respetable en su
presupuesto de caridad. Por lo demás -bueno es consignarlo-, míster Fogg, evidentemente
jugaba por jugar, no por ganar. Para él, el juego era un combate, una lucha contra una
dificultad; pero lucha sin movimiento y sin fatigas, condiciones ambas que convenían
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