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Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.45

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comprendió la grosera malicia de mi tío.
-Apruebo, señor Lidenbrok -respondíó-, que comience usted por ese volcán, donde
cosechará gran número de observaciones curiosas. Pero, dígame, ¿cómo piensa usted
llegar a la península de Sneffels?
-Atravesando por mar la bahía. Es el camino más rápido. -Sin duda, pero no es posible
seguirlo.
-¿Por qué?
Porque en Reykiavik no existe un solo bote.
-¡Demonio!
-Tendrá usted que ir por tierra, contorneando la costa, lo que será más largo, pero más
interesante.
-Bueno. Veré de procurarme un guía.
Precisamente puedo ofrecerle a usted uno.
-¿Un hombre inteligente y fiado?
-Sí, un habitante de la península. Es un hábil cazador do gansos, del cual quedará usted
satisfecho. Habla perfectamente el danés.
-¿Y cuándo podré verle?
-Mañana, si usted quiere.
-¿Por qué no hoy mismo?
-Porque hasta mañana no llega.
-¡Hasta mañana! -exclamó mi tío, dando un profundo suspiro.
Esta importante conversación terminó algunos instantes después dando el profesor
alemán las más expresivas gracias al profesor islandés.
Durante la comida, mi tío acababa de saber cosas en extremo importantes, entre otras la
historia de Saknussemm, la razón de su misterioso documento, que el señor Fridriksson
no le acompañaría en su expedición y que desde el día siguiente podría contar ya con un
guía a sus órdenes.

XI
Al anochecer di un corto paseo por las playas de Reykiavik, y me recogí temprano,
acostándome en mi cama de gruesas tablas, en donde me dormí profundamente.
Cuando rne desperté, oí que mi tío charlaba por los codos en la habitación inmediata.
Vestíme a toda prisa y fui a reunirme con él.
Conversaba en dinamarqués con un hombre de elevada estatura y constitución vigorosa;
un mocetón que debía hallarse dotado de unas fuerzas hercúleas. Sus ojos soñadores y
azules pareciéronme inteligentes y sencillos. Su voluminosa cabeza hallábase cubierta
por una larga cabellera de un color que hubiera pasado por rojo hasta en la misma
Inglaterra y que caía sobre sus espaldas atléticas. Aunque sus movimientos eran fáciles,
movía poco los brazos, cual hombre que ignora o desdeña el lenguaje de los gestos. Todo
en él revelaba temperamento perfectamente sosegado; tranquilo, aunque no indolente. Se
veía claramente que no pedía nada a nadie, que trabajaba cuando le convenía, y que, dada
la calma con que se tomaba las cosas, era fácil que nada le causase sorpresa ni sobresalto.


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