Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.42
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blanca.
Cuando, tras un largo paseo, regresé a la casa del señor Fridriksson, mi tío se
encontraba ya en compañía de este último.
X
La mesa estaba servida, y el profesor Lidenbrook, cuyo estómago parecía un abismo sin
fondo, efecto de la dieta que a bordo había sufrido, devoró con avidez. La comida, más
danesa que islandesa, nada tuvo de notable; pero nuestro anfïtrión, más islandés que
danés, me hizo recordar a los héroes de la antigua hospitalidad. Sin género alguno de
duda, nos encontrábamos en su casa con más libertad y confianza que él mismo.
Se conversó en islandés, intercalando mi tío algunas palabras en alemán y el señor
Fridriksson otras en latín, para evitar que yo me quedase por completo en ayunas de lo
que decían. Hablaron de cuestiones científicas, como era natural tratándose de dos sabios;
pero el profesor Lidenbrock guardó la más escrupulosa reserva, y sus ojos a cada frase
recomendábanme el más absoluto silencio en todo lo relativo a nuestros futuros
proyectos.
De repente, interrogó el señor Fridriksson a mi tío acerca de los resultados de las
investigaciones por él practicadas en la biblioteca.
-Vuestra biblioteca -exclamó el profesor-, sólo contiene libros descabalados en estantes
casi vacíos.
-¡Cómo! -respondió el señor Fridriksson-, poseemos ocho mil volúmenes, muchos de
los cuales son ejemplares tan preciosos como raros, obras escritas en escandinavo
antiguo, y todas las publicaciones nuevas que Copenhague nos envía anualmente.
-¿De dónde saca usted esos ocho mil volúmenes? Por mi cuenta...
-¡Oh! señor Lidenbrock, esos libros andan recorriendo constantemente el país. ¡En
nuestra pobre isla de hielo existe una gran afición al estudio! No hay pescador ni labriego
que no sepa leer, y todos leen. Opinamos que los libros, en vez de apolillarse tras una
verja de hierro, lejos de las miradas de los curiosos, han sido escritos a impresos para que
los lea todo el mundo. Por eso los de nuestra biblioteca van corriendo de mano en mano,
son leídos una y cien veces, y tardan con frecuencia uno o dos años en regresar a sus
respectivos estantes.
-Entretanto -respondió mi tío con mal reprimido enojo-, los extranjeros...
-¡Y qué le hemos de hacer! Los extranjeros poseen sus bibliotecas en sus respectivos
países, y, sobre todo, es preciso en primer término que nuestros compatriotas se
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