Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.36
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medio de la niebla producida por los humos de las chimeneas. Por encima de mi cabeza
pasaban desgarradas las nubes. y, por una ilusión óptica que invertía los movimientos.
parecíanme inmóviles, en tanto que el campanario. la cúpula y yo éramos arrastrados con
una velocidad vertiginosa. A lo lejos, se extendía por un lado la campiña, tapizada de ver-
dura y brillaba, por el otro. el azulado mar bajo un haz de rayos luminosos. El Sund se
descubría por la punta de Elsenor surcado por algunas velas blancas, que semejaban
gaviotas, y entre las brumas del Este esbozábanse apenas las ondulantes costas de Suecia.
Toda esta inmensidad arremolinábase confusamente ante mis ojos.
Esto no obstante, tuve que ponerme de pie y pasear en derredor la mirada. Mi primera
lección de vértigo duró una hora. Cuando, al fin, me permitieron bajar y sentar mis pies
en el sólido piso de las calles, estaba desfallecido.
-Mañana repetiremos la prueba-me dijo el profesor.
Y en efecto, durante cinco días tuve que repetir tan vertiginoso ejercicio. y, de grado o
por fuerza. hice sensibles progresos en el arte de las altas contemplaciones.
IX
Llegó el día de la marcha. La víspera, el secor Thomson, con su amabilidad
acostumbrada, nos había llevado cartas de recomendación muy eficaces para el conde
Trampe, gobernador de Islandia, el señor Pictursson. coadjutor del obispo, y el señor
Finsen, alcalde de Reykiavik. En prueba de gratitud, mi tío le prodigó fuertes apretones
de manos con el mayor entusiasmo.
El día 2, a las seis de la mañana, nuestros inestimables equipajes encontrábanse ya a
bordo de la Valkyria. El capitán nos condujo a unos camarotes exageradamente pequeños,
instalados bajo una especie de puente.
-¿Tenemos buen viento? -preguntó mi tío.
-Inmejorable -respondió el capitán Biarna-. Brisa fresca del Sudeste. Vamos a salir del
Sund con todo el aparejo largo y el viento entre el través y la aleta.
Algunos instantes después, largó al velacho, el juanete, los foques y la cangreja, y,
después de largar las amarras, orientó convenientemente el aparejo y penetró a toda vela
en el estrecho. Una hora más tarde, la capital de Dinamarca parecía sumergirse en las
lejanas olas, y la Valkiria rozaba casi la costa de Elsenor. Efecto de la disposición en que
se encontraban mis nervios, creía ver la sombra de Hamlet errar sobre el legendario
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