Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.35
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de Copenharue.
Marchamos por orden suya en dirección hacia él, nos embarcamos en un vaporcito que
transportaba pasájeros a través de los canales, y, algunos momentos después, atracarnos
al muelle de Dock-Yard.
Después de atravesar algunas calles estrechas en donde los galeotes, con pantalones
amarillos y grises por partes iguales, trabajaban bajo la amenaza de la vara de los
sotacómitres. llegamos delante de Vor-Frelsers-Kirk. Esta iglesia no ofrecía nada notable:
pero su campanario había llamado la atención del profesor porque, a partir de su base,
una escalera exterior subía dando vueltas alrededor de su cuerpo central, desarrollándose
sus espirales al aire libre.
-Subamos -dijo mi tío.
-¿No nos acometerá el vértigo? -repliqué.
-Razón de más; es preciso que nos habituemos a él.
-Sin embargo...
-Vamos, no perdarnos tiempo insistió el profesor con ademán imperioso.
Tuve quc obedecer. Un guardia, que permanecía apostado en el otro lado de la calle,
entregónos una llave y comenzó la ascensión.
Mi tío me precedía con paso lento. Yo le seguía no sin cierto terror, porque se me solía
ir la cabeza con facilidad deplorable. No me hallaba dotado del aplorno de las águilas ni
de la insensibilidad de sus nervios.
Mientras marchamos por la hélice interior que formaba la escalera, todo fue bien; pero
después de haber subido ciento cincuenta peldaños, el aire azotóme la cara: habíamos
llegado a la plataforma del campanario donde comenzaba la escalera aérea, que no tenía
más resguardo que una frágil barandilla, y cuyos escalonas cada vez más éstrechos,
parecían subir hasta lo infinito,
-¡Me es imposible subir! --exclamé medio aterrado.
-Pero, ¿tan cobarde eres? ¡Sube inmediatamente -respondióme el cruel profesor.
No tuve más remedio que seguirle, agarrándome a la barandilla con ansia. El viento me
atolondraba; sentía el campanario oscilar bajo sus ráfagas; las piernas me flaqueaban; no
tardé en subir de rodillas y acabé por trepar arrastrándome y con los ojos cerrados; el
vértigo de las alturas se había apoderado de mí.
Por fin, con la ayuda de mi tío, que tiraba de mí, asiéndome por el cuello de la
chaqueta, llegué cerca de la cúpula.
-Mira -me dijo mi verdugo-, y fíjate bien en todo; es preciso aprender a contemplar el
abismo sin la menor emoción.
Entonces abrí los ójos y vi las casas como aplastadas por efecto de una terrible caída.
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