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Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.34

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que el pasaje valía de ordinario. El profesor, sin embargo. pagó sin regatear.
-Estad a bordo el martes, a las siete de la mañana-dijo el señor Biarne, después de
embolsarse una respetable suma.
Dimos en seguida las gracias al señor Thomson por todas sus atenciones, y regresatnos
al hotel del Fénix.
-Hasta ahora, todo nos sale bien -decía el profesor-; ¡todo marcha a pedir de boca! ¡Qué
feliz casualidad el haber encontrado este buque que se dispone a partir! Ahora almorce-
mos, y vamos a visitar la ciudad.
Nos trasladamos a Tongens-Nye-Torw, plaza irregular donde existe un cuerpo de
guardia con dos inofensivos cañones fijos que no asustan a nadie. Muy cerca, en el
número 5, había una restauración francesa , establecimiento dirigido por un cocinero
llamado Vincent, en el cual almorzalnos por la rnódica suma de cuatro marcos cada uno.
Recorrí después la ciudad con el entusiasmo de un niño, seguido de mi tío, que, aunque
se dejaba arrastrar, no fijó su atención ni en el insignificante palacio real; ni en el
hermoso puente del siglo XVII, tendido sobre el caudal, delante del Museo; ni en el
inmenso cenotafio de Torwaldsen, donde se conservan las obras de este escultor, y cuyas
pinturas murales son horribles: ni en el casi microscópico castillo de Rosenborg; ni en el
admirable edificio de la Bolsa, estilo Renacimiento; ni en su campanario, formado por las
colas entrelazados de cuatro dragones de bronca: ni en los grandes molinos instalados en
las murallas, cuyas dilatadas alas se hinchan, cual las velas de un buque al soplo de la
brisa del mar.
¡Qué deliciosos paseos habría dado con mi bella curlandesa por los muelles de aquel
puerto, donde dormían tranquilos navíos y fragatas bájo sus rojas techumbres, junto a las
verdes orillas del estrecho, en medio de las espesas sombras entre las cuales se oculta la
ciudadela, cuyos cañones asotnan sus negras bocas a través de las ramas de los saúcos y
sauces!
Pero. ¡ay, qué lejos estaba mi Graüben! Y ni aun esperanzas tenía de volver a verla
jamás.
Sin embargo, aunque ninguno de estos deliciosos parajes llamaron la atención de mi tío,
causóle viva impresión la vista de un campanario que se erguía en la isla de Amak, que
forma parte del barrio SO.


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