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Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.33

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no será nunca lo suficientemente
amplio para contener toda la inmensidad de la locura del profesor Lidenbrock".
Por fin. a las diez de la mañana, descendimos en Copcnhague; los equipajes fueron
cargados en un coche y conducidos con nosotros al hotel del Fénix, en Bred-Gade. En
esto se invirtió media hora, porque la estación está situada fuera de la ciudad.
Después de asearse un poco y de cambiarse de tráje, mi tío me mandó que le siguiese.
El portero del hotel hablaha alemán e inglés; pero el profesor, en su calidad de políglota,
interrogóle en dinamarqués correcto, y en este mismo idioma indicóle el otro la situación
del Museo de Antiguedades del Norte.
El director de este curioso establecimiento, donde se hallan acumuladas tantas y tales
maravillas que permitirían reconstruir la historia del país con sus viejas armas de piedra,
sus cuencos y sus joyas, era el profesor Thomson, un verdadero sabio, amigo del cónsul
de Hamburgo.
Mi tío llevaba para él una carta muy efcaz de recomendación. Por regla general, los
sabios no se acogen muy bien unos a otros; pero. en el caso actual, ocurrió todo lo
contrario. El señor Thomson, a fuer de hombre servicial, dispensó una favorable acogida
al profesor Lidenbrock y hasta a su sobrino. No creo necesario decir que mi tío tuvo buen
cuidado de no revelar su secreto al director del museo: deseábamos, scncillamente, visitar
a Islandia en viaje de recreo, sin otro objeto que admirar las numerosas curiosidades que
encierra.
El señor Thomson se puso a nuestra disposición por completo, y juntos recorrimos los
muelles buscando un buque que fuese a partir en breve.
Aún abrigaba yo la esperanza de que en absoluto no hallásemos medio alguno de
transporte; pero no fué así, por desgracia.
Una pequeña goleta danesa, la Valkvria, debía hacerse a la vela el 2 de Julio con rumbo
a Reykiavik. Su capitán, el señor Biarne, encontrábase a bordo. y su futuro pasajero
estrechóle la mano hasta casi estrujársela en un transporte de júbilo. El viejo lobo de mar
sorprendióse ante tan extemporánea alegría, pareciéndole la cosa más natural del mundo
el ir a Islandia, toda vez que aquel era su ofïcio. Pero como a mi tío parecíale una cosa
sublime, el taimado del capitán aprovechó su entusiasmo para cobrarnos el doble de lo


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