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Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.30

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de ella.
En aquel preciso momento, ponía mi tío, con toda solemnidad, las riendas de su casa en
manos de Graübcn, quien conservaha su calma habitual. Abrazó a su tutor, pero no pudo
contener una lágrima al rozar mi mejilla con sus dulcísimos labios.
-¡Graüben! -exclanlé yo.
-Vete tranquilo, Axel --dijo ella-. Ahora dejas a tu novia, pero, a la vuelta, hallarás a tu
mujer.
Estreché entre mis brazos a Graüben y fui a sentarme en el coche. -Marta y mi
prometida, desde el umbral de la puerta, nos enviaron un postrimer adiós. Después, los
dos caballos, excitados por los silbidos del cochero, lanzáronse a galope por la carretera
de Altona.

VIII
De Altona, verdadero arrabal de Hamhurgo, arranca el ferrocarril de Kiel que debía
conducirnos a la costa de los Belt. En menos de veinte minutos penetramos en el
territorio de Holstein.
Una vez todo listo y cerrada la maleta, bajamos al piso interior.
Durante todo el día no habían cesado de llegar los abastecedores de instrumentos de
física y de aparatos eléctricos, y de armas y municiones. Marta no sabía qué pensar de
todo aquello.
-¿Es que se ha vuelto loco el señor? -preguntóme, por fin.
Yo le hice un ademán afirmativo.
-¿Y le lleva a usted consigo? -Repetíle el mismo signo.
-¿Y adónde?
Entonces le indiqué con el dedo el centro de la tierra.
-¿Al sótano? -exclamó la antigua criada.
-No -contestéle yo-, más abajo todavía.
Llegó la noche. Yo no tenía ya conciencia del tiempo transcurrido.
-Hasta mañana temprano -me dijo mi tío-; partiremos a las seis en punto.
A las diez me dejé caer en mi lecho como una masa inerte.
Durante la noche, mis terrores asaltáronme de nuevo.
Paséla soñando con precipicios enormes, presa de un espantoso delirio. Sentíame
vigorosamente asido por la mano del profesor, y precipitado y hundido en los abismos.
Veíame caer al fondo de insondables precipicios con esa velocidad creciente que van
adquiriendo los cuerpos abandonados en el espacio. Mi vida no era otra cosa que una
interminable caída.
Despertéme a las cinco rendido de emoción y de fatiga: levantéme y bajé al comedor.
Mi tío se hallaba ya sentado a la mesa y comía con devorador apetito. Contemplélo con
un sentinliento de horror. Graüben estaba allí. No despegué mis labios ni me fue posible


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