Viaje al centro de la Tierra (Julio Verne) - pág.29
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libertad. en fin, de...
La joven ruborizóse y no terminó la frase. Sus palabras me reanimaron. No quería, sin
embargo, creer, que nuestra partida era cierta. Hice entrar conmigo a Graühen en el
despacho del profesor Lidenhrock, y dije a éste:
-Tío, ¿está usted decidido, por fin, a que emprendamos la marcha?
-¡Cómo! ¿Lo dudas aún?
-No -le dije: con objeto de no contrariarle-: pero quisiera saber qué le induce a proceder
con tal precipitación.
-¡Toma! ¿Qué ha de ser? ¡El tiempo! ¡El tiempo, que transcurre con una rapidez
desesperante!
-Pero si estamos aún a 26 de mayo, y hasta fines de junio...
-¿Crees, ignorante que es tan fácil trasladarse a Islandia? Si no te hubieses marchado
como un necio, hubieras venido conmigo a la oficina de los señores Liffender y
Compañía, donde habrías visto que de Copenhague a Reykiavik no hay más que una
expedición mensual, el 22 de cada mes; y que, si esperásemos a la del 22 de junio,
llegaríatnos demasiado tarde para ver la sombra del Scartaris acariciar el créter del
Sneffels: es precise llegar a Copenhague lo antes posible para buscar allí un medio de
transporte. Anda a hacer to equipáje en seguida
No era posible objetar. Subí a rni habitación, seguido de Graüben, y ella fue la que se
encargó de colocar en una maleta los objetos que precisaba para tan largo viaje, con la
misma tranquilidad que si se tratase de hacer una excursión a Lubeck o a Heligoland. Sus
manos ihan y venían sin precipitación; conversaba con absoluta calma y me daba las más
discretas razones a favor de nuestra expedición. Me embelesaba y enfurecía a intervalos.
A veces trataba de enfadarme, pero ella aparentaba no advertirlo y proseguía su tarea con
toda tranquilidad.
A las cinco y media, oyóse fuera el rodar de un carruaje, deteniéndose en nuestra puerta
un espacioso coche que había de conducirnos a la estación del ferrocarril de Altona. En
un momento llenóse con los bultos de mi tío.
-¿Y tu maleta? -me dijo.
-Está lista -respondíle, con voz desfallecida.
-¡Pues bájala en seguida! ¿No ves que vamos a perder el tren?
Pareciónle que no había manera de luchar contra mi destino. Subí, pues, a mi cuarto, y
cogiendo la maleta, la dejé que se deslizase por los peldaños de la escalera, y bajé detrás
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